En la terraza del Museo del Estanquillo en el centro de la Ciudad de México el viento nos despeina para que estemos a tono con Carlos Monsiváis, cuya presencia recorre todas las salas, en especial la que expone estos días Elena Poniatowska Amor. Archivo Personal. Para quienes ejercemos el periodismo es una suerte conversar ahí sobre una de las maestras más importantes del oficio: boya cuando la marea amenaza con el caos, faro en el horizonte y bote salvavidas que nos devuelve a la dimensión ética y estética del periodismo.
Como actividad paralela a la exposición, El Estanquillo y la Fundación Elena Poniatowska convocan a una jornada de conversatorios para hablar del periodismo, la literatura, las mujeres y la memoria social en la obra de la autora.
El primer encuentro, el sábado pasado, nos sentó junto a Elena Poniatowska a Javier Aranda Luna, Moisés Rosas, Genaro Villamil y esta discípula sin aula. Porque Elena todo el tiempo abre caminos para el periodismo cultural. Cada que te acercas a uno de sus libros, crónicas, cuentos, novelas, reportajes o entrevistas, te conviertes una y otra vez en aprendiz. Nos invita a repensar el periodismo como expresión cultural y a concebir la cultura como hija de la imaginación. Si bien es única, por su historia y ese estilo suyo personalísimo e irrepetible, nos abre un horizonte temático infinito por abordar, donde caben las bellas artes, las ciencias sociales, la cultura popular, la calle, la academia y la lucha social, si es que aspiramos a la creación de un espejo múltiple donde mirarnos.
Cumplió en mayo 94 años y conserva mucho de la niña que desembarcó en México en 1942 y que se enamoró de este país donde, como dijo Aranda Luna, la princesa registró un primer milagro: “Desaprender el privilegio para aprender el idioma de la gente”. Y hoy, en lugar de las escaleras donde se escondía de pequeña a ver libros, se refugia en su sillón amarillo y hace, como entonces, lo que más le gusta: leer y escuchar historias. Y hacerse preguntas, que son el motor de su escritura junto a la curiosidad y la pasión con las que se lanza a la calle en busca de respuestas.
Su relevancia es internacional, pero también intergeneracional, porque las juventudes la leen y siguen con entusiasmo. Saben que en todos los géneros que aborda la creatividad de su mirada y su talento narrativo convierten cada texto en una pieza a la altura del arte.
Para conocer al México del siglo XX y lo que va del XXI, con sus luces y sombras, hay que leer a Poniatowska. La noche de Tlatelolco es un clásico de referencia obligada. Hasta no verte Jesús mío, ejemplo magistral de cómo su oído literario dignifica la voz de mujeres como Jesusa Palancares y nos lleva a su mundo. Otras voces que recoge ese oído para darle eco literario habitan en libros como Nada, nadie. Las voces del temblor, resultado de su labor durante 1985 cuando recorrió las calles de nuestra ciudad herida recogiendo testimonios. Todo México, los ocho tomos con sus mejores entrevistas, es la historia de nuestro país narrada por sus creadores, por quienes han vibrado en la filosofía y la carpa, el arte, el teatro, la danza, la lucha social y hasta el toreo.
Durante más de 70 años sin pausa ha narrado y retratado a México. Cumplió 90 con una nueva novela y 94 con la disciplina intacta y la entrega puntual de sus artículos en La Jornada. Al mismo tiempo, su casa, su fundación y su generosidad han sido pista de despegue para que incontables reporteras, estudiantes, escritoras… levanten el vuelo. Y es que Elena es de la estirpe a la que se refería Rilke cuando escribió: “(…) no somos más que peces que se empeñan en volar”.
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