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Aquí, en el campo santo de las Islas Marías permanecen los restos de hombres y mujeres que se volvieron leyenda por sus historias de amistad, desamor y frustración.
La amistad de El Sapo y El Padre Trampitas, la tristeza de la rebelde Gladys y el desamor de El Ranchero Hippie forman parte de los recuerdos la comunidad de este archipiélago del Pacífico mexicano, como si hubieran ocurrido ayer.
Las vidas de tres internos y un sacerdote jesuita que hizo labor social quedaron plasmadas en el expenal federal, ahora llamado centro ambiental y cultural.
El Sapo y El Padre Trampitas. Marco Antonio Rojeiro Estrada, un trabajador de la Dirección de Administración, cuenta que José Rodríguez El Sapo fue un sargento del Ejército mexicano que, durante la guerra cristera, dio un bazucazo a una iglesia, en la que mató a muchos fieles católicos.
Fue llevado a las Islas Marías por los crímenes que cometió, ahí llegó a tener fama de matón, “nadie lo redimía de ser delincuente malvado”, cuenta Rojeiro.
Se hizo gran amigo del sacerdote jesuita Juan Manuel Martínez Macías, El Padre Trampitas, quién al morir, en 1990, pidió que sus restos fueran llevados a la isla para ser enterrados junto con los de su amigo El Sapo, muerto en 1983.
“Se le conocía como Padre Trampitas porque era ducho en [el juego] de cartas y apostaba con los reos”, dice Rojeiro Estrada.
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