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San José.— El Museo de Arte de El Salvador, que nació en 2003 en época de posguerra civil y se convirtió en una estación de referencia de la cultura de Centroamérica, resistió durante más de 17 años a un entorno de violencia criminal, pero cedió ante un inesperado enemigo: el coronavirus.
Aunque permaneció a salvo de los ataques de la pandillas o maras Salvatrucha y 18, de redes del narcotráfico, así como de escuadrones clandestinos y sobrevivió a un contexto de muerte y sangre, el museo cerró el 19 de marzo pasado por culpa de la pandemia.
“Esperamos que sea temporal, pero la situación financiera es muy difícil (...) Deseamos regresar en 2021. Cerramos las salas presenciales por el resto de 2020 y suspendimos las actividades grupales, como talleres, conferencias y conciertos.
“Estamos construyendo una plataforma digital, con publicaciones, investigación artística y obras de arte”, dice la salvadoreña Eugenia Lindo, directora ejecutiva del museo a EL UNIVERSAL.
Sin ingresos por donaciones, patrocinios y otros
En un golpe en cadena por el efecto colateral de la enfermedad y la paralización general económica por la cuarentena en El Salvador, el museo perdió el ingreso de recursos por cooperación externa, donaciones privadas, alquiler de espacios, patrocinios de actividades, ventas y otras tareas comerciales y sus finanzas entraron en severa crisis.
“Ahora ya tenemos un poco más claro lo que significan una cuarentena y un parón económico, pero en marzo lo ignorábamos y su impacto era imprevisible. No lo dimensionábamos, no éramos capaces de cuáles eran las consecuencias de esto y creo que todavía nos cuesta racionalizarlo.
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“Hay que hacer una gran inversión para reacondicionar a los museos con normas de bioseguridad y pensando en conservar las obras de arte, con protocolos para los visitantes entre muchas otras medidas. Es un gasto enorme”, advirtió.
Oscuridad
Tras la noche de la guerra salvadoreña, de 1980 a 1992, que abrió un hoyo sociopolítico de rencores, El Salvador cayó en un precipicio de violencia criminal y de inseguridad a partir de 1993, por las deportaciones masivas de salvadoreños desde Estados Unidos, en especial de mareros.
En un país sumido en la zozobra posbélica de la reconciliación, el museo emergió en la capital salvadoreña como ente privado sin fines de lucro, abrió brecha y avanzó a transformarse en referente cultural, pero clausuró puertas por el Covid-19... hasta nuevo aviso.
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Frente al ataque del virus, ya cerrado y al liquidar a 13 de sus 19 empleados, el museo envió a los seis restantes al teletrabajo y empezó a buscar la reducción de costos y a desarrollar servicios para ofrecer a futuro un acceso a su acervo por vía digital para “sociabilizarlo y visibilizarlo”.
“La lección es una: no podemos seguir dejando a la cultura como lujo o última prioridad ni tener que decir: ‘O invierto en salud o en todo lo otro’. Y todo es importante por su función social, como la cultura, que está en precario y es una de las más susceptibles a estas situaciones graves”, indicó.
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