Monterrey.— En Nuevo León, un estado que presume desarrollo, competitividad y altos estándares de vida, la enfrenta un costo emocional cada vez más evidente: ansiedad, depresión, estrés y, en casos extremos, ideación suicida.

En el marco del mes de las niñas, niños y adolescentes, especialistas, autoridades y testimonios coinciden en una realidad incómoda: crecer en el Área Metropolitana de implica adaptarse desde muy temprana edad a la exigencia, la comparación y la presión por destacar.

“Es un estado de mucha presión, de mucho reto, pero también de mucho desarrollo. Eso tiene un costo desde el punto de vista emocional. El panorama es ambivalente. Hay más herramientas y oportunidades que antes, pero también muchas más presiones que las infancias anteriores no enfrentaban”, advierte el director de Salud Mental y Adicciones de la Secretaría de Salud estatal, Juan José Roque Segovia.

Lee también

Sólo en lo que va del año, la dependencia ha brindado más de 3 mil 300 atenciones a menores de entre cuatro y 19 años. La mayor concentración está entre los de cinco y nueve años, y los principales motivos son ansiedad, problemas de conducta, así como depresión.

Datos de la Secretaría de Salud estatal indican que el año pasado se registraron alrededor de 360 suicidios en Nuevo León, de los cuales entre 14 y 15 correspondieron a menores de 17 años. De éstos, cinco casos se presentaron en niños de 10 a 14 años y nueve en adolescentes de 15 a 17, además de dos casos en menores de nueve años.

Aunque representan menos de 1% del total, expertos alertan que reflejan el impacto de un entorno cada vez más exigente en la salud mental desde edades tempranas.

Lee también

“Pensé que era normal querer morirme”

Sofía tiene 20 años, pero su historia comenzó mucho antes.

“De chiquita batallaba mucho para tener amigas. Era muy introvertida... me sentía excluida. Lloraba demasiado, tenía mucho enojo por dentro”, recuerda.

Desde niña aprendió a evadir lo que sentía sin compartirlo con nadie. “Era una daydreamer compulsiva. Me iba de la realidad por horas, me quedaba viendo la pared... no estaba presente”, relata.

Lee también

A los 12 años, su vida dio un giro. La relación con su cuerpo se volvió conflictiva tras un desarrollo físico temprano. Lo que inició como inseguridad evolucionó a un trastorno alimenticio. “Empecé a compararme desde muy chiquita. No me gustaba mi cuerpo, no quería verlo, no quería percibirlo. Todo giraba en torno a la comida. Calorías, ejercicio, cuánto bajaba de peso... Tenía hojas donde calculaba todo. Era obsesivo”, cuenta.

En Monterrey, asegura, la presión no siempre se dice, pero se siente. “Parte del outfit es estar flaca… es parte de pertenecer. No es algo que te digan, pero lo entiendes”, explica la joven.

Con el tiempo desarrolló bulimia, depresión mayor y ansiedad generalizada. También enfrentó autolesiones. “Llegué a cortarme. Fue una forma de apagar lo que sentía. Era demasiado... necesitaba que se detuviera”, relata.

Lee también

Los pensamientos suicidas llegaron temprano. “Desde los 12 años pensaba ‘me quiero morir’. Yo creía que era normal. Lo sentía todo el tiempo”, confiesa.

Hoy, en tratamiento, reconoce que la lucha sigue.

Ilustración: Liliana Pedraza
Ilustración: Liliana Pedraza

Alerta en los padres

Para su madre, Laura González, las señales estuvieron presentes desde muy temprano, aunque no siempre fueron fáciles de interpretar. “Desde que nació fue una bebé muy demandante. Lloraba mucho, era difícil de tranquilizar. Con el tiempo entendí que era una niña muy sensible”, recuerda.

Lee también

Conforme creció, las diferencias se hicieron más visibles.

“Yo quería que encajara, que fuera como los demás niños. En lugar de entenderla, intentaba llevarla a lo que ‘debía ser’. Era desde el amor, pero también desde el desconocimiento”, admite.

A esto se sumaba un entorno familiar complejo. “No era un ambiente tranquilo. Había presiones, conflictos... y todo eso también impacta”, dice.

Lee también

El punto de quiebre llegó cuando los pensamientos suicidas se volvieron explícitos.

“Un día me dijo: ‘ya no quiero vivir’. Ahí sentí miedo. Mucho miedo. Y también impotencia, porque no sabía cómo ayudarla”, relata.

Y fue a partir de ese momento, que la familia entendió que no se trataba sólo de Sofía.

“Cuando un hijo tiene un problema así, es un tema de toda la familia. Todos tenemos que trabajar. No puedes esperar que el niño cambie si el entorno sigue igual”.

También reconoce el peso de la cultura. “En Monterrey hay una necesidad de mostrar que todo está bien, que la familia es perfecta, que los hijos son exitosos. Y eso pesa”, señala.

Presión desdela infancia

Para Roque Segovia, el problema no puede entenderse sin el contexto social. “Los niños no se desarrollan por sí solos, se desarrollan en un entorno. Y ese entorno, así como les da habilidades, también les genera presión”, explica. Entre los factores, destaca cambios en la estructura familiar, exigencias académicas tempranas y un entorno competitivo. A esto se suma la presión económica y social.

Lee también

Incluso, dice, desde edades muy tempranas comienzan a aparecer síntomas: “Tenemos más de 400 casos en menores de cuatro años con manifestaciones de ansiedad, hiperactividad e inhibiciones. Ahí empieza a notarse el impacto”.

Una cultura de exigencia

Mónica Acosta, sicóloga clínica y conductual, considera que el fenómeno también tiene un componente cultural profundamente arraigado. “En Monterrey hay una expectativa implícita de que todo se tiene que hacer bien, pero no sólo bien: se tiene que hacer mejor que los demás”, explica.

Acosta forma parte de la Asociación Humind Care con sede en San Pedro Garza García, espacio fundado por un matrimonio que perdió a un hijo por suicidio.

Desde su experiencia, la competencia atraviesa todos los ámbitos de la vida infantil.

“No es sólo lo que dicen los papás, es algo que está en el ambiente. Los niños crecen con esa idea”, señala la especialista.

El impacto evoluciona con la edad: viven ansiedad en la infancia, problemas de conducta en etapa escolar y depresión durante la adolescencia.

Lee también

“Uno de los principales factores de riesgo de suicidio en adolescentes es la depresión. Muchas veces lo que empezó como ansiedad termina evolucionando”, advierte.

Romper el silencio

Para Sofía, hablar fue el primer paso y reconoce que el proceso no es lineal. “No te lo quedes guardado. Eso lo hace peor. Sí hay una salida, pero tú tienes que decidir buscarla. Siempre va a haber caídas, pero también formas de levantarte”, señala.

Para Roque Segovia, la atención se debe iniciar desde la infancia y tras las primeras señales, como cambios en el comportamiento, aislamiento, irritabilidad o bajo rendimiento escolar.

“Un niño no dice ‘estoy deprimido’, lo expresa con su conducta. Así como atendemos la fiebre, hay que atender la salud mental”, enfatiza el funcionario.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

[Publicidad]