Hace tiempo que la propaganda mañanera no alcanza ya para tapar el sol con un dedo. La situación del país es más cruda. Lejos estamos del paraíso prometido. Dijeron que la economía iba a crecer a tasas superiores del 5% y lo que han logrado es un retroceso económico. Señalaron que no tenía ciencia producir petróleo y presumieron la construcción de una refinería que triplicó sus costos y que cada semana muestra su ineficiencia. Prometieron que la gasolina no costaría más de 10 pesos y no sólo no disminuyeron su precio, sino que lo aumentaron. Pintaron al fracking como la evidencia de que se quería entregar al país a intereses extranjeros y ahora lo anuncian con bombos y platillos. Convirtieron a la desaparición de los 43 jóvenes de Ayotzinapa en una de sus principales banderas políticas y pretenden esconder que en el gobierno morenista hay más desaparecidos que nunca. También más muerte y desolación. Los alimentos cuestan más. No hay medicinas y el sistema de salud pública está colapsado. El incipiente sistema de cuidados que permitía a las madres trabajar mientras sus hijos estaban seguros, ha sido prácticamente desmantelado: ya no forman parte de una política pública las escuelas de tiempo completo, las estancias infantiles, los comedores comunitarios. Se hicieron movilizaciones, éxodos y plantones para garantizar un árbitro electoral autónomo y elecciones limpias, y no tienen empacho en nombrar a los suyos en el INE, normalizar el uso de acordeones, así como de los sobres amarillos y el huachicol en las campañas.

Con descaro nos dicen que nos acostumbremos a los aranceles porque al parecer no van a ser capaces de sostener el tratado comercial en los términos favorables que negoció Peña Nieto. Que hay que consumir menos luz para no pagar tanto, que no salgamos a la calle durante el mundial para no perturbar a los turistas, o que se compre la gasolina de menor calidad como si ésta no hubiera también aumentado su precio. Que las y los desaparecidos en realidad no lo son porque son personas que no quieren regresar a sus hogares. Es cierto, aumentó el salario mínimo y es mayor la cantidad destinada a programas sociales, pero a costa de la salud y la educación, de instituciones y políticas públicas destinadas a apoyar a los que menos tienen y, lo que es peor, apropiándose de recursos que son de los trabajadores porque ya no les alcanza para sostener a los beneficiarios y al país. Basta con observar que la inversión pública que se traduce en obras y empleo ha caído a niveles de hace tres décadas.

Gobiernan mal y mienten sistemáticamente. No es casual que, a diferencia de las encuestas que levantan casas nacionales, en la de Morning Consult (que tanto presumía López Obrador) la aprobación presidencial apenas es del 47%. Por ello, los cambios en el gabinete y el traslado al partido en el poder de quienes operan los programas sociales. Y ante todo esto no caben tintas medias. El voto sigue siendo el principal antídoto frente a la tentación autoritaria. Hay que recordar que el oficialismo sólo tuvo el 54% de los sufragios para el Congreso en el 24. Que el gigante tiene pies de barro. Que se le puede arrebatar su ilegal mayoría calificada, pero para ello la oposición está obligada a presentar un frente común para salvar a México de tanta indolencia, incompetencia y oscuridad.

Política mexicana y feminista

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