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Tlahuelilpan.— Los ojos no pueden esconder lo que el corazón siente y ayer estaban cargados de dolor, nostalgia, tal vez coraje o todos los sentimientos juntos. Eran los ojos de los hijos, padres, esposas o esposos de aquellos que hace un año murieron ahí, tras la explosión de un ducto de Pemex en el alfalfar.
En la comunidad de San Primitivo, este 18 de enero no se vivió el ambiente festivo de hace un año, cuando a través de redes sociales o de boca en boca se convocaba a los habitantes a recoger gasolina. Ahora, el dolor por los que se fueron flotaba en el ambiente.
Entrar a la parcela de la llamada zona cero es revivir las últimas horas de 137 personas. Ayer, una valla de servidores de la nación daba la “bienvenida” a éste, el sitio de la muerte.
La víspera se colocó una lona y cientos de sillas para que los deudos escucharan los discursos de los funcionarios. Entre éstos el de la subsecretaria de Desarrollo Democrático Participación Social y Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación, Diana Álvarez Amaury, quien declaró el lugar como zona de paz.
Y mientras los funcionarios llamaban a que no se registrara una tragedia más, algunos padres e hijos llevaban flores a las capillas colocadas en el sitio, o para adornar las cruces, en algunas de las cuales les colocaban playeras.
Justo donde pasaba la zanja que sirvió de represa al combustible hay varias cruces, dos de ellas resaltan porque tienen una camiseta roja. Ahí, un hombre adulto cuenta que fueron colocadas en recuerdo de su hijo y de su nieto, quienes gustaban de acudir a las peregrinaciones, esta vez las prendas portan la leyenda “Peregrinación Ciclista 32 aniversario a la Basílica de Guadalupe, Panuaya municipio de Tezontepec de Aldama”.
Junto a esas cruces se encontraban unos contenedores, que sirven para almacenar agua con la que se riegan las flores, pero esos bidones hace recordar que también son ocupados para guardar el combustible, ese por el que mucha gente murió.
A lo lejos se escuchan las notas de Amor eterno, una emblemática canción dedicada a Leonel: “Cómo quisiera hoy que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca y estar mirándolos”, a quien sus familiares recuerdan con llanto.
Cada una de las capillas cuenta una historia, no sólo son números que llegan a 137. En esos lugares se encuentran los familiares de quienes ese fatídico día dejaron huérfanos a 198 niños y adolescentes. Madres que no pueden entender por qué sus hijos hoy están muertos, o viudas que hoy no tienen unos brazos en quién recargarse. Algunas mujeres prefieren llorar en soledad, otras se refugian en sus familiares. Flores, veladoras y cirios son colocados en estas cruces.
El alfalfar seco se mantiene como fiel testigo de lo que ahí ocurrió ese viernes trágico, algunos cruzan la milpa, otros, la mayoría, prefieren rodear para llegar al terreno del recuerdo que fue adquirido para construir un memorial y cuya primera piedra fue colocada en este primer aniversario.
El viento empieza a soplar y así cada uno de los visitantes comienza a salir de la zona cero, buscan emprender un camino nuevo, donde —dicen— sus difuntos siempre estarán en su recuerdo.
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