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Victoria Hanna, cantante israelí originaria de Jerusalén, asegura que, aunque no eligió nacer en esta ciudad, su vida estuvo marcada por la constante amenaza de conflicto. “Desde que era pequeña tenía miedo. Miedo de subirme a un autobús, miedo del día a día. Vives con una amenaza toda tu vida. Es muy, muy duro”, revela en entrevista.
Criada en una familia judía mizrají ultraortodoxa, hija de un rabino egipcio y una madre iraní, Victoria estuvo rodeada de textos sagrados desde su niñez. En su infancia, tartamudeaba, pero el arte se convirtió en su vía de escape. “Cuando cantaba, no tartamudeaba. La voz pura fue para mí un medio inmediato de comunicación. Pero poco a poco también integré la voz en el habla”, recuerda.
A lo largo de los años, integró la voz, el cuerpo y el espíritu en su música, creando una obra influenciada por el misticismo judío, el empoderamiento femenino y la sanación interior. Para ella, el arte tiene el poder de mostrar dimensiones del mundo que la política no alcanza a ver: “Cuando miramos el mundo a través de las noticias o de la política, lo vemos de una forma muy fea. Pero hay muchas capas más altas que pueden crear sanación y paz”.

Por eso canta. Porque cantar, para ella, es orar. Y lo hace desde su lugar de orígen, con la conciencia de que no representa a un gobierno ni a una ideología, sino a su propia búsqueda humana.
“Soy solo una artista, un ser humano. Nadie elige nacer aquí o allá. Simplemente nacimos en estas circunstancias. Y es muy difícil. Muy duro. Yo intento sanarme a través del arte y la música.”
Uno de los textos que más la ha acompañado es el “Cantar de los Cantares”, atribuido al rey Salomón. Para Hanna, ese poema es una llave hacia lo espiritual, un canal para expresar lo sagrado desde el deseo, lo corporal y lo femenino.
“Es una canción de amor. Hay mucha feminidad en ese poema. Lo trabajo mucho, porque lo amo. Lo compongo, lo canto. La gente, aunque no entienda el idioma, siente la vibración del lenguaje antiguo, que es muy poderosa.”
Esa vibración llegará por primera vez al público mexicano en un concierto único el sábado 10 de mayo a las 19:00 horas en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris. El espectáculo, llamado Yonati (Mi paloma), es una invocación a la Shejiná —la presencia femenina y divina— que, a través del sonido y la palabra, busca habitar este mundo.
“Es muy especial. En Jerusalén estoy muy ocupada con lo femenino divino. Creo que es una necesidad urgente en nuestro universo empoderar esta presencia para traer más sanación al mundo", concluye.
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