Desde hace aproximadamente dos años, desde octubre del año 2013, experimento una rara sensación de extrañeza y no encuentro las palabras correctas para describirla. Puedo decir que me siento como un hombre que se observa a sí mismo y sabe que ninguna de sus palabras o actos tendrán algún sentido o consecuencia en el mundo que le rodea. Hace unos días terminé de leer el libro del escritor noruego Knut Hamsun, Por senderos que la maleza oculta y me identifiqué en gran medida con el personaje de la novela. El personaje, —que en buena medida es el mismo Hamsun, premio Nobel de literatura acusado en su país natal de traidor a la patria— es recluido en un hospital siquiátrico durante tres años antes de dictarle sentencia. Es un hombre viejo que vive en realidad arrestado dentro del hospital y que no está dispuesto a cambiar sus ideas ni sus opiniones a cambio del perdón. Prefiere, en todo caso, aprender a callar y esperar a que el tiempo se encargue del devenir de los acontecimientos.

Si quieren saberlo yo me siento arrestado dentro de un hospital siquiátrico en el que se me permiten algunas libertades y me encuentro en espera de alguna clase de sentencia final. Como me imagino que he repetido tantas veces aquí, yo no sé bien qué cosa es la patria ni por qué hay tantas personas ordinarias investidas de alguna clase de poder que pueden, el día que lo deseen, hacerme daño. Knut Hamsun escribe en su novela: “Estamos todos de viaje hacia un país al que llegaremos a tiempo.” Es el único párrafo de la novela en que me he desentendido brevemente del personaje, puesto que Hamsun terminó de escribir la novela en 1948 y es evidente que su país, Noruega, si ha llegado a un lugar el cual hace a la mayoría de los noruegos sentirse bien. En cambio, yo podría decir que aquí estamos todos de viaje hacia un país al que nunca llegaremos. ¿Eso me entristece? Es posible, mas trato de no poner demasiada atención en ello mientras estoy arrestado en este hospital.

Hace mucho tiempo que no compro ropa nueva y sólo me visto con las prendas que mis amigos y mi mujer me obsequiaron por aquellos años en que yo parecía ser eterno. Hoy me da vergüenza realizar el esfuerzo de vestirme para salir a la calle y no logro desembarazarme de un enorme sentimiento de fastidio a la hora de atar otra vez las cuerdas de mis zapatos. Como si al hacerlo se repitiera de nueva cuenta la misma aburrida escena que conozco ya de memoria y que me veo empujado a interpretar mientras espero mi sentencia. Antes, mis amigos me daban siempre alegrías inesperadas, mas ahora eso ha terminado también porque ellos están preocupados en sus propios asuntos y en desempeñar el papel para el que fueron elegidos. Ya les he dicho que casi a todos los lugares donde me presento a comer o a cenar me tratan mal y creo saber las razones: no les parece bien que un hombre de mi edad se vista tan mal y desee ocupar una silla que podría ser apartada para alguien que posea un conciencia más afinada de su vestimenta. ¿Pero quién está preocupado por parecer elegante? ¿Quién pone atención en su atuendo? No comprendo, o más bien desprecio un poco, a quienes consumen su tiempo en esas tonterías, pues no conozco a una sola persona interesante a quien yo quisiera impresionar por medio de mi ropa.

Sé que es un deseo tonto, pero me gustaría que todos los días del año se viviera un invierno crudo y de esa manera yo sólo tendría que vestir un capote común y corriente sin ninguna ropa interior o artefactos absurdos como chalecos o pantalones planchados. Lean este breve párrafo de El capote, de Nicolái Gógol cuando su personaje, Akakiy Akakiyevich, se hace de un nuevo capote: “Desde entonces su vida misma parecía más completa, como si se hubiera casado, como si otro ser humano estuviera junto a él, como si una agradable compañera hubiera aceptado marchar juntamente con él por el camino de la vida. Y esta compañera no era otra persona que su capote, de gruesa entretela, un fuerte forro y de eterna duración.” Ya quisiera yo una compañera así que me acompañara a todos lados a los que mis pies, en su terquedad mundana, decidieran conducirme.

He dicho que por lo general se me trata mal o con desconfianza en los restaurantes o lugares públicos a donde me presento. Y es verdad. Incluso, y para aumentar mi desaliño, uso una gorra o un sombrero viejos que odio y que utilizo por mera costumbre y que me evitan peinarme y al mismo tiempo ocultan mi mediana calvicie. La ocultan a mis ojos cuando se encuentran ante un reflejo o un espejo inesperado. Esto es porque en realidad la mirada y juicio de las personas significan ya muy poco para mí. Es quizás por ello que no comprenderé jamás a ese famoso personaje histórico que conocemos con el nombre de Casanova. Sus afeites, vestimenta, perfumes y peluca me resultan en verdad monstruosos e innecesarios. Hace poco tiempo leí el agradable ensayo de Luigi Amara, Historia descabellada de la peluca, y terminé horrorizado al comprobar una vez más el esfuerzo pueril que realizan las personas por ocultarse y parecer más bellas.

En fin, a uno tan desaliñado como yo le reconforta —y no por venganza— escuchar a la gente bien vestida dar opiniones y juicios tales que, desde mi opinión, revelan una pobreza intelectual inaudita y una ausencia absoluta de elegancia argumental o gracia retórica. Sé que no son changos, pero su desaliño mental me conmueve. Y todo esto mientras, desde mi arresto, aguardo la sentencia final.

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses

[Publicidad]