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El deporte mexicano enfrenta un reto de fondo: Construir una estrategia diferenciada que atienda las particularidades de cada disciplina. En los últimos años, se ha trabajado con un modelo uniforme, que busca ser funcional para todos, pero en la práctica no siempre responde a las realidades específicas de cada deporte. No todos pueden generar recursos propios, ni enfrentan los mismos costos operativos.
Las federaciones han operado bajo inercias administrativas, más preocupadas por sobrevivir políticamente que por construir proyectos deportivos sólidos. Algunas dependen casi por completo del presupuesto público, pero presentan planes incompletos o sin sustento metodológico. En vez de generar estructuras propias, esperan que la Conade resuelva lo que deberían planear y ejecutar ellas mismas.
La natación, por ejemplo, cuenta con instalaciones que pueden aprovecharse colectivamente; en cambio, disciplinas como tiro con arco, remo o ciclismo, dependen de equipamiento individual costoso, lo que exige enfoques distintos de planeación y financiamiento. Aplicar los mismos criterios a todos limita el crecimiento del sistema.
La formación de un atleta de élite no se logra en un ciclo olímpico. Requiere —al menos— ocho años de trabajo continuo, con seguimiento técnico, médico y metodológico. Sin embargo, los planes nacionales no contemplan largos procesos.
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