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Mi historia con la UNAM comenzó mucho antes de imaginar que algún día me dedicaría a la astronomía. Crecí viendo a la Universidad Nacional como una institución enorme y mítica donde se concentraba el talento científico e intelectual del país. Con el tiempo entendí que detrás de ese prestigio hay una convicción profunda de que la educación pública transforma vidas. Instruirme en esta Universidad cambió la mía.
Tras culminar mis estudios de bachillerato en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, llegué a la Facultad de Ciencias con la curiosidad de entender el universo, pero también con muchas inseguridades. No sólo me preocupaba si iba a comprender cómo nacen las estrellas, sino también cómo iba a sobrevivir como estudiante foráneo en la gran Ciudad de México y si estaba tomando el camino correcto. Muchas veces sentimos que la ciencia es un mundo reservado para unos cuantos, para personas con apellidos rebuscados y linajes científicos largos. Pero en la UNAM descubrí algo distinto: la ciencia y el pensamiento crítico pertenecen a todos. Ahí me di cuenta de que el talento existe en todos los rincones de México, pero necesita instituciones sólidas que lo impulsen. Mi Alma Mater me respaldó en todos los sentidos: becas, espacios culturales, acceso a institutos de investigación, apoyos alimentarios; y, sobre todo, confió en mí.
La Universidad me enseñó mucho más que física o matemáticas. En ella aprendí a cuestionar, a sostener una idea con evidencia, a reconocer cuando uno está equivocado y a volver a empezar. Comprendí que hacer ciencia exige rigor, trabajo y paciencia. También entendí que el conocimiento debe ir acompañado de responsabilidad social: la educación pública mexicana existe porque generaciones enteras de compatriotas creyeron que el conocimiento debía servir para construir las bases de este país.
Tras años de trabajo como astrofísico en instituciones académicas del extranjero, donde el rigor aprendido en la UNAM dio frutos, sentí que era momento de regresar, de apostar, ahora como académico del Instituto de Astronomía, por las nuevas generaciones de científicos nacionales.
En cada reconocimiento que he recibido también están presentes todos los mexicanos que lucharon por construir esta Universidad con la aspiración de un mejor país. En ese esfuerzo colectivo participamos todos, incluso quienes no tienen acceso directo a ella y con quienes tenemos el mayor compromiso. El reto es enorme, pero tenemos algo aún más grande: las ganas de enfrentarlo.
Por ello considero tan importante la labor de la Fundación UNAM, que durante 33 años ha tendido puentes entre la sociedad y nuestra Máxima Casa de Estudios, respaldando proyectos que permiten que más mexicanos desarrollen su potencial. Detrás de cada estudiante que logra abrirse camino casi siempre hay una red de apoyo silenciosa que hizo posible que su talento floreciera.
Es importante reconocer a quienes siguen apostando por la educación, la ciencia y la cultura como la mejor inversión para México. El talento nacional existe; lo he visto en salones de clase, laboratorios, observatorios y bibliotecas, en estudiantes que trabajan con disciplina y creatividad a pesar de todas las dificultades.
La UNAM me enseñó que el conocimiento tiene sentido cuando sirve para abrir camino a los demás. Esa convicción sigue siendo, hoy más que nunca, la guía de mi trabajo.
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