UNAM, cuatro letras que se pronuncian de forma fácil y rápida y que, para mí, en su contenido, significan toda una gran historia de vida y múltiples emociones; una institución integrante orgullosamente del top de las mejores del mundo y, en Latinoamérica, líder.

El legado que nos heredó José Vasconcelos en nuestro lema universitario, que encuadra a América Latina en nuestro escudo institucional, tiene un significado integral de la grandeza de nuestra madre nutriente de conocimiento y formadora de miles de profesionistas de alto rendimiento y calidad, nuestra Alma Mater, la raza cósmica.

Son tan importantes la influencia que ejerce la Máxima Casa de Estudios en el conocimiento y el hecho de que mantiene el paso a través de los siglos, que en México muchas universidades privadas han estado –y varias lo están aún– incorporadas a ella. La UNAM es la Universidad de la Nación por su dimensión en superficie, calidad y cantidad de carreras que ofrece en sus facultades, escuelas, centros de investigación, institutos y campus en provincia y en diversos países.

Yo quiero manifestar lo más resumidamente qué es la UNAM para mí, a pesar de que es muy difícil plasmar en esta nota todo lo que representa mi Alma Mater.

Mi historia como un Puma de sangre azul y oro inicia desde mi niñez, dado que siempre soñé en convertirme en estudiante de mi amada UNAM. Mi sueño se convirtió en realidad en 1965, a mis 14 años de edad, el día del examen de admisión con el que fui aceptado por la Universidad para cursar la preparatoria. Desde entonces estoy ligado como muégano a la Máxima Casa de Estudios.

Ingresé a la Escuela Nacional Preparatoria Número 7 Ezequiel A. Chávez, donde cursé primero y segundo niveles en 1966 y 1967; posteriormente estudié en la Preparatoria Número 8 Miguel E. Schulz en 1968.

Justo 1968, para mí, es un año que significó una época crucial, pues mientras estaba en mi último año de preparatoria, fui seleccionado para participar por México en los Juegos Olímpicos de 1968, en natación 200 metros estilo mariposa. Anteriormente, yo aprendí a nadar en cuatro sábados en julio de 1959 y se forjó en mí otro sueño que cumplí, después de nueve años, en competencias nacionales e internacionales, en las cuales pude poner muy en alto a mi familia, en especial a mis padres y hermanos, quienes siempre me impulsaron, y a mi México querido, viendo en los banquillos de premiación el izar mi bandera nacional y escuchando nuestro Himno Nacional.

Ronald Johnson, q. e. p. d., fue nuestro entrenador nacional y había también cuatro entrenadores subordinados a él. Una de mis más hermosas y profundas experiencias deportivas es que Ronald, al término de la prueba donde nos tiramos al agua más de 25 elementos para ganar un lugar en la selección, me dio un abrazo y me dijo –muy satisfecho y contento, en su fluido castellano, y yo como uno de sus pupilos–: “¡Bienvenido, hombreee, al equipo olímpicooo!”.

Así, simultáneamente, fui creciendo en mi etapa de juventud, en el deporte y en mi querida UNAM, buscando estudiar una carrera universitaria para desarrollarme en la vida y obtener logros.

Fue en 1969 que ingresé a la entonces Escuela Nacional de Economía –ahora Facultad–, donde tuve excelentes y renombrados profesores: Tonatiuh Gutiérrez, Octavio Gudiño Aguilar, Solón Zabre, Helio A. Clares Terán, Ifigenia Martínez de Navarrete, q. e. p. d., nuestra directora, y muchos maestros más. Tiempo después me fui a estudiar a la Facultad de Comercio y Administración, ahora Facultad de Contaduría y Administración. Estas dos entidades universitarias me ayudaron a empezar a entender el entorno en que se desenvuelven contable, financiera, económica y administrativamente las organizaciones, nacionales e internacionales. Me gradué como contador público y cuento con una maestría en Auditoría.

La UNAM es forjadora y difusora de conocimiento, teoría y práctica, diversidad de criterio y servicio a la sociedad en las cuatro áreas de estudio. Sin duda, me ayudó a formarme como alumno y, luego, como profesionista titulado. Me enseñó también a mirar siempre adelante, con orgullo académico, pero con humildad como ser humano, así como a apoyar a las organizaciones para el logro de sus metas y a poner atención en el factor humano: los trabajadores.

Destaqué en el campo laboral, desde 1971 a esta fecha, en empresas norteamericanas y nacionales, siempre –aclaro– con un sentido de servicio a la sociedad. La Universidad Nacional promueve, a través de sus egresados, que en las organizaciones de trabajo haya altísima calidad, valores éticos y profesionalismo.

En resumen, la UNAM es toda una institución, una universidad global, sin distinción de género, que adicionalmente difunde el conocimiento y permite a sus egresados sentirse parte de una integración familiar, pues en las aulas e instalaciones, cuando uno es estudiante, se tiene convivencia con centenas de personas con intereses comunes, con lo cual se logra el acercamiento y hermandad Puma.

En lo personal, parte de ello me concedió desarrollarme como catedrático de nuestra Universidad por 34 años, viendo desfilar por sus aulas, desde 1986, a más de 15 mil alumnos y egresados, en clases de licenciatura, exámenes profesionales, diplomados, seminarios, posgrado, asesorías, revisiones de tesis y Comisiones Dictaminadoras de Contaduría. Eventualmente me ha sucedido que cuando me encuentro en la calle, en algunas empresas o en otros lugares, incluso vacacionando, se acercan a mí distintas personas y me indican –recordando– que fui su maestro, y me agradecen por haberlos guiado en alguna materia en la FCA de la UNAM, así como por mis enseñanzas. Ahora ellos son gerentes, directores o accionistas de organizaciones.

La Máxima Casa de Estudios me destacó como uno de los mejores profesores de toda la Universidad, en el Libro de Honor en 2001.

Por otro lado, mi Alma Mater promueve que, a través de todos los deportes que se encuentran vinculados a ella, los exdeportistas, como yo, tengan la oportunidad de influir y orientar a los jóvenes para que sean buenos y positivos seres humanos, así como deportistas sobresalientes, de modo que puedan ser, inclusive, de alto rendimiento y que, con los valores deportivos, hagan crecer el lema olímpico proveniente del barón Pierre de Coubertain para los Juegos Olímpicos Modernos en 1896: “Citius, altius, fortius - communiter” (desde 2021 complementado).

La Universidad es defensora de sueños y forjadora de realidades. A través de Fundación UNAM se puede hacer muchísimo por nuestra juventud y por la paz, templando el temperamento y fortaleciendo el carácter.

Agradezco en esta nota el bello reconocimiento y recuerdo amoroso de quienes me impulsaron para ingresar y destacar tanto en la UNAM como en mi fuente laboral –lo cual pude lograr gracias a la capacitación que me brindó esta maravillosa institución–: mis padres, q. e. p. d., mis hermanos, q. e. p. d. dos de ellos, mi esposa, mis cuatro hijos y mis tres nietecitos, dos de ellos fallecidos, q. e. p. d.

Por mi raza hablará el espíritu.

UNAM, ¡cómo no te voy a querer!

México, Pumas, Universidad, ¡goya!

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