Para Jorge Esquinca

En una entrevista concedida poco antes de morir, W. G. Sebald declaró que las fronteras entre vivos y muertos jamás se clausuran por completo y que entre ambos territorios prevalece una zona nebulosa donde las voces persisten en desplazarse. Esa idea, que podría funcionar como contraseña de acceso a toda su obra, adquiere una resonancia singular cuando se recuerda la manera abrupta en que el autor alemán falleció el viernes 14 de diciembre de 2001 en una carretera de Norfolk, cerca de Norwich, la ciudad inglesa donde radicaba desde 1970. Sebald —Winfried Georg Sebald, nacido en Wertach im Allgäu el 18 de mayo de 1944, un jueves según él mismo indica— viajaba acompañado por su hija Anna en el Peugeot 306 que se desvió hacia el carril contrario. Andrew Wylie, su agente literario, habló entonces de un posible ataque cardiaco. Quedaron la esposa —Ute Rosenbauer, con quien Sebald contrajo matrimonio en 1967—, la hija única y desde luego los libros: esos organismos errantes donde la memoria europea continúa respirando con una melancolía que parece provenir de un siglo sumergido bajo el agua.

Las fotografías y demás imágenes insertas en sus páginas prolongan esa impresión. Retratos de familiares desconocidos, estaciones ferroviarias, hoteles vacíos, insectos clavados en vitrinas, edificios consumidos por el hollín de la Historia: estampas arrancadas de mercados de antigüedades o de archivos sin nombre que Sebald incorporó a sus relatos para construir una cartografía del extravío y la pérdida. Al observar las fotografías de solapa donde aparece él mismo —el rostro severo, la mirada inmóvil tras las gafas de aro redondo— uno tiene la impresión de hallarse frente a un hombre que ya pertenecía parcialmente al reino

espectral que describían sus libros. El parentesco espiritual con el suizo Robert Walser (1878-1956), a quien dedicó un ensayo magistral (“El paseante solitario. En recuerdo de Robert Walser”, 1998), resulta inevitable. Ambos caminaron hasta el límite de sus obsesiones; ambos hicieron de la errancia una forma de percepción; ambos murieron en diciembre. Walser quedó tendido en la nieve en aquella célebre fotografía tomada cerca del sanatorio mental de Herisau en el cantón de Appenzell Rodas Exteriores. Sebald, en cambio, no dejó una imagen final: únicamente el eco de sus frases resonando en corredores ferroviarios, puertos desiertos y pensiones centroeuropeas donde se aloja el desamparo.

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Foto: Brittanica/ESPECIAL
Foto: Brittanica/ESPECIAL

Aunque hoy se le tenga presente sobre todo por la prosa inclasificable de Vértigo (1990), Los emigrados (1992), Los anillos de Saturno (1995) y Austerlitz (2001), el verdadero inicio de su trayectoria literaria ocurrió en la poesía. En 1988 apareció Del natural, un extenso poema dividido en tres movimientos donde ya se establecen los elementos que acabarían por articular toda su obra: el paisaje contemplado desde la ruina, las biografías truncas, el vínculo entre naturaleza y devastación histórica, la lenta sedimentación de la evocación. Ese libro inaugural posee la cadencia de un paseo entre vestigios, una meditación en el núcleo de un imperio de detritos. Las figuras del pintor Matthias Grünewald, el explorador Georg Wilhelm Steller y el propio Sebald se enlazan en una meditación sobre el deterioro europeo. Más que un debut, Del natural se antoja el plano subterráneo de todos los libros venideros.

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Sebald desconfiaba de la narrativa tradicional y prefería pensar su escritura como una mezcla de autobiografía, ensayo, crónica de viaje y cavilación histórica: “Sólo quiero escribir una prosa decente. No importa qué sea: biográfica, autobiográfica, topográfica. Siento una enorme aversión por la novela convencional.” Sus narradores —dobles apenas velados del propio autor— emprenden desplazamientos que terminan por convertirse en indagaciones psíquicas:

En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, donde había vivido durante casi veinticinco años en una región dominada por lo general por cielos grises, a Viena, esperando que un cambio de aires me ayudara a olvidar un periodo particularmente difícil de mi vida.

Vértigo

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Hasta los veintidós años de edad nunca había estado más lejos de cinco o seis horas en tren de casa, y por esta razón, cuando en otoño de 1966 decidí por diversos motivos trasladarme a Inglaterra, apenas tenía una idea aproximada de lo que allí iba a encontrarme.

Los emigrados

En agosto de 1992, cuando la canícula se acercaba a su fin, emprendí un viaje a pie a través del condado de Suffolk con la esperanza de poder huir del vacío que se estaba propagando en mí después de haber concluido un trabajo importante.

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Los anillos de Saturno

En la segunda mitad de los años sesenta viajé en varias ocasiones de Inglaterra a Bélgica, en parte por motivos de estudio, en parte por otras razones que nunca me quedaron del todo claras.

Austerlitz

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Los comienzos sebaldianos poseen el ritmo puntual de una bitácora y a la vez anuncian un descenso hacia regiones más inciertas donde la memoria transforma los itinerarios en brumosos laberintos interiores. (La memoria, advierte uno de Los emigrados, “da pesadez de cabeza, vértigo, como si […] uno estuviera observando la tierra desde muy alto, subido en una de esas torres que se alzan al cielo hasta perderse”.) El viaje no conduce a descubrimientos luminosos sino a estaciones de tránsito pobladas por sobrevivientes, exiliados y coleccionistas de souvenirs mínimos.

En ese universo crepuscular brotan también las afinidades visuales con el pintor romántico Caspar David Friedrich (1774-1840): caminantes diminutos frente a parajes desolados, siluetas detenidas ante mares de niebla, personajes que observan ruinas industriales o bosques ennegrecidos por la guerra. Sebald convirtió la memoria europea del siglo veinte en una larga caminata entre cenizas. El destrozo de las ciudades alemanas durante los bombardeos aliados en la Segunda Guerra Mundial, examinada en Sobre la historia natural de la destrucción (1999), ocupa un lugar esencial dentro de esa visión. También los destierros judíos, los suicidios silenciosos, las bibliotecas abandonadas y los hoteles vacíos donde todavía se escucha el roce de viejas maletas al ser arrastradas con dificultad.

Tras su muerte vieron la luz nuevos volúmenes que prolongaron esa conversación con las sombras. Campo Santo (2003) agrupó textos narrativos y ensayísticos vinculados con Córcega, con la persistencia de los muertos en el paisaje mediterráneo y con almas gemelas como Bruce Chatwin, Peter Handke, Franz Kafka y Jan Peter Tripp, el pintor con quien Sebald fincó una estrecha complicidad vital y estética reflejada en el bello experimento colaborativo Sin contar (2003). Más tarde surgieron Across the Land and the Water (2008), volumen que permitió seguir el rastro de su poesía dispersa entre 1964 y 2001, y Estancia en una casa de campo (2013), colección de ensayos centrados en autores admirados como Walser y Jean-Jacques Rousseau. Cada publicación póstuma añadió nuevas habitaciones a ese edificio literario donde el tiempo repta en círculos.

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La escritura de W. G. Sebald avanza con lentitud envolvente, enlazando digresiones históricas, recuerdos personales y escenas apenas entrevistas desde la ventanilla de un tren. Su lectura deja la impresión de haber recorrido una Europa fantasmagórica cuyos habitantes continúan hablando desde habitaciones clausuradas. Veinticinco años después de su muerte prematura, sus libros siguen moviéndose hacia el futuro con la obstinación de un viajero nocturno que se niega a marcharse de un andén que se cae a pedazos al igual que el continente donde se localiza.

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