Frente a la creencia de que los autores somos sedentarios, la realidad muestra que con frecuencia el oficio de escritor está ligado al movimiento. Los ejemplos abundan: en 1895, abrumado por las deudas, Mark Twain emprendió un viaje que le llevó a recorrer el planeta impartiendo conferencias en una gira que envidiaría cualquier rockstar de hoy. En nuestro país, el periodista Fernando Jordán se impuso el reto de explorar, a fines de 1949, los inhóspitos territorios de la Península de Baja California. En 1982, diagnosticados con enfermedades terminales, Julio Cortázar y su esposa, Carol Dunlop, emprendieron una excursión que duró 33 días yendo y viniendo en una combi por la autopista París-Marsella.

Para celebrar los intereses compartidos, pero también la diversidad de temas y tratamientos en las llamadas literaturas del norte, entre el 4 y el 8 de mayo cuatro escritores emprendemos una expedición por el sur de Coahuila. Integrada por Mónica Castellanos, Mónica Lavín, Élmer Mendoza y Vicente Alfonso, el viaje titulado Narrar el norte tocará distintas poblaciones del estado para conversar con lectores y para regresar a sitios que funcionaron como detonador de novelas y cuentos.

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Crédito: Cortesía de Vicente Alfonso
Crédito: Cortesía de Vicente Alfonso

El punto de reunión es Monterrey. Hay que decirlo: sin las gestiones de la historiadora Lucrecia Solano Martino, de la promotora Esperanza Buenrostro y de la propia Mónica Castellanos, este viaje habría resultado imposible. Pero contra toda probabilidad, aquí estamos. Al mediodía del lunes 4 de mayo, 14 personas partimos en una Van por la carretera 40 rumbo a la frontera entre Nuevo León y Coahuila. Si la literatura es el primero de nuestros intereses, la pasión por los viajes no se queda atrás. Así lo demuestran novelas como La línea de la carretera (Plaza y Janés, 2004) y Todo sobre nosotras (Planeta, 2019) de Mónica Lavín: libros en donde el viaje es la situación ideal para propiciar transformaciones internas. También novelas como La cuarta pregunta (Alfaguara, 2019) del maestro Élmer Mendoza, donde un grupo de amigos se interna en el desierto de Altar para rastrear un tesoro. O Cóbraselo caro (Tusquets, 2005) del mismo Mendoza, ficción de influencias rulfianas donde un migrante afincado en Chicago recorre México persiguiendo un doble objetivo: reconstruir el pasado de su familia y encontrar los restos de Pedro Páramo.

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Mónica Castellanos, Élmer Mendoza y Mónica Lavín en expedición literaria.
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Lenguaje, frontera y desierto

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La primera parada es en Saltillo, en el Centro Cultural Vito Alessio Robles. Los murales del recinto representan pasajes clave de la historia local: desde el paso de Benito Juárez por estas tierras en 1864 hasta el atribulado perfil del poeta Manuel Acuña. La conversación, moderada por Lucrecia Solano, aborda los vínculos entre tres conceptos: lenguaje, frontera y desierto.

Soy el primero en tomar la palabra. Hablo del desierto como un espacio de prueba, del célebre jalón que provoca que quienes lo visitan sientan la tentación de quedarse allí para siempre como le ocurrió a escritores como Michael Jacobs, Paul Bowles y Fernando Jordán. Hablo de lo que significó para mí nacer y crecer en Torreón, ciudad asediada por el sol y por las tolvaneras. Y lanzo una advertencia a mis compañeros: en un par de días cruzaremos el desierto para llegar La Laguna, así que no les extrañe sentir el deseo de quedarse allí para siempre.

Nacida en Monterrey y autora de dos novelas que tienen a Coahuila como escenario, Mónica Castellanos hace una precisión: es muy distinto narrar desde el norte a narrar el norte. “Yo tengo dos novelas que ocurren en Coahuila: la primera de ellas, El aroma de los anhelos (Grijalbo, 2021) ocurre en Parras seis meses antes de que estalle la revolución. La otra se llama Carbón Rojo (Hatchette, 2023) y cuenta por una parte una historia familiar y por otra el accidente que hubo en la Mina Ocho en Pasta de Conchos en 2006, donde un derrumbe dejó atrapados a 65 mineros. Pero también tengo otra novela que se ubica en Europa, en Marsella. ¿Qué quiero decir con esto? Que el escritor puede narrarse a sí mismo como parte del entorno que lo ve nacer y crecer, pero también puede adentrarse en otra realidad para contar una historia completamente distinta”.

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Para Castellanos escribir sobre lo propio es fascinante porque de alguna manera es poner la propia piel en lo escrito. Así, escribir Carbón rojo fue una experiencia muy enriquecedora porque le ayudó a descubrir parte de su propia identidad: si bien había asumido toda la vida que su familia era de Monterrey, al indagar en la historia de sus ancestros se dio cuenta de que parte de su familia provenía de Coahuila, porque su abuela era de Rosita y su abuelo de Múzquiz.

Desde su condición de capitalina, Mónica Lavín cuenta que la primera vez que tuvo conciencia del norte ocurrió cuando era muy joven y estudiaba Biología en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Llegaban muchos estudiantes de Sinaloa, de Sonora, de Coahuila, de Nuevo León… las canchas de basquetbol se llenaron de “vatos” que hablaban de una manera dulce. Allí comprendió que existían otras formas de expresarse. Había algo muy llamativo en esa forma de hablar. “A diferencia de mi tocaya, lo más cercano a mí no era mi tema, quizá porque me parece más difícil ponerle atención a lo propio, a lo más cercano. En mis inicios yo quería escribir de lo otro, lo que era diferente, lo que me asombraba”.

Élmer Mendoza dice que aunque él es de Culiacán, al momento de hablar de literatura su principal territorio es el lenguaje: “Soy miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Allí dicen que yo introduje el lenguaje del norte en la literatura mexicana. Lo que yo conseguí fue crear una identidad a partir de una parte muy emocional. Esas formas de expresarse, de nombrar, las he escuchado siempre”. Y sin embargo, acota, nunca pierde de vista que el norte no es solo Culiacán. Esa diversidad también se refleja en el habla: mientras en Coahuila y Nuevo León dicen huerco, en Sinaloa dicen morro. Aunque una gran cantidad de expresiones no son iguales, se parecen y forman un territorio muy potente que es material para escribir. “Yo me metí de lleno en eso. De hecho sólo conseguí escribir mi primera novela, Un asesino solitario (Tusquets, 1999), cuando descubrí el lenguaje que tenía que usar”.

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Tres novelas para la vendimia

El segundo día nuestro vehículo sigue hacia el poniente por la carretera 40. Son las cinco de la tarde cuando llegamos a Parras, población donde se ubican los viñedos más antiguos de América Latina. Lo que nos ha traído a este lugar, además del buen vino y el clima inmejorable, es el hecho de que tres de los cuatro autores hemos escrito novelas que suceden en Parras. Aquí tenemos programado un conversatorio con jóvenes estudiantes de la Universidad Tecnológica de Parras (UTP) a las siete.

La moderación de la mesa corre a cargo de la historiadora María Isabel Saldaña. Mónica Castellanos cuenta cómo fue que nació El aroma de los anhelos, que sucede en la época que antecede a la revolución mexicana: por un deseo de descentralizar la mirada de la historia y traerla al noreste. La novela cuenta el encuentro entre Daniel Chapman, médico perteneciente a una prominente familia de Parras, y María, joven de clase alta que tiene inquietudes que rebasan por mucho los de las muchachas de su edad: es una ávida lectora de Los Miserables de Victor Hugo y de los periódicos Punto rojo de Praxedis Guerrero y Regeneración de los Flores Magón. Así pues, María siente un profundo interés en el desarrollo de la política nacional, y entre sus proyectos están la promoción del voto femenino además de cualquier iniciativa que ayude a atenuar las abrumadoras diferencias de la sociedad en la que vive.

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Cuando toca el turno de Mónica Lavín, cuenta que su relación con Parras es entrañable porque justo aquí se convirtió en novelista. Entonces era ya madre de dos niñas y vivía en la Ciudad de México con un esposo músico. Había decidido administrar el negocio de sus padres, una tienda de artículos de piel que estaba en San Ángel. El reto era combinar escritura, maternidad y trabajo. Un verano sus amigos Maru y Eduardo Narro les invitaron a pasar las vacaciones en Parras, y claro, a ver la fiesta de la vendimia en la plaza: “en ese contexto vi a una pareja de gente mayor saliendo de una casa ya medio traqueteada, pero con algún esplendor aún, ella llevaba una bolsa de papel estraza como si fuera su bolsa de mano... o al menos así me pareció”. Cuando preguntó quiénes eran, le contestaron que eran la tía tal y su esposo, un músico gringo. Cuando se casó con él, lo trajo a Parras y a ella le retiraron la palabra. Así pues, una de las preguntas que la novela explora es ¿cómo se queda alguien a vivir en un lugar que lo condena al silencio? De la visión de la pareja de ancianos nació su primera novela, Tonada de un viejo amor, publicada en 1996 y recién reeditada por Planeta.

Yo hablo de Huesos de San Lorenzo (Tusquets, 2016), mi segunda novela, que toma como punto de partida los festejos de la vendimia que se celebran cada año durante la noche del 9 al 10 de agosto. Una celebración cuyo origen se remonta en el tiempo hasta 1760, y que combina elementos paganos y sagrados. Menciono que uno de mis primeros recuerdos tiene como escenario a Parras, y que de niño escuché aquí un término que incluí en la novela: saurinos, hombres y mujeres con capacidades adivinatorias.

El maestro Élmer, por su parte, habla de su más reciente novela, La sirena y el jubilado (Alfaguara, 2026): dice que tenía muchas ganas de escribir una historia que tuviera una protagonista mujer, porque a los varones nos cuesta mucho trabajar con personajes femeninos. “En la saga de novelas del Zurdo Mendieta tengo personajes mujeres, por ejemplo, la capisa que se llama Samantha Valdés, que me costó mucho trabajo crear, pero en La sirena y el jubilado parto de una mujer que se sobrepone al sufrimiento y a una aparente derrota: cuando era muy joven, su padre la vendió a un elemento del crimen organizado”.

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Durante la sesión de preguntas y respuestas, alguien del público le cuenta a Mónica Lavín qué ocurrió con aquella pareja que hace treinta años inspiró Tonada de un viejo amor: el músico se llamaba Miguel Galván y que no tocaba el saxofón sino el banjo. Alguien más menciona que un cuento titulado “La camisa de Francisco”, también de Mónica Lavín, transcurre en esta ciudad y fue montado como obra de teatro en distintos puntos de México y de Estados Unidos.

Voces femeninas en La Laguna

El último punto de la gira es La Laguna: el jueves 7 nos ponemos en marcha. Desde el vehículo es evidente cómo el terreno y el aire mismo se vuelven más secos. Conforme nos acercamos a la Comarca, hay letreros a la orilla de la carretera que advierten que estamos en zona de tolvaneras. En un primer recorrido por la ciudad, pido al chofer que se desvíe para pasar por la estatua de Pilar Rioja, pues de pequeña Mónica Lavín tomó clases de danza en la academia Rioja con Milagros, hermana de la leyenda.

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La última charla tiene como sede las instalaciones de El Siglo de Torreón. El tema es Voces femeninas en la literatura del norte. Luego de evocar a Safo, una mujer muy cuestionada en su época, Lucrecia Solano lanza la pregunta: ¿existe realmente la literatura femenina?

Élmer Mendoza habla de las dificultades que representó para él construir una voz femenina para Carmen Larrañaga, protagonista de La sirena y el jubilado: “Con todas las voces femeninas que he escuchado en mi familia, con las voces de mis amigas, de mis alumnas, con las lecturas que he hecho de mujeres, ¿cómo crear una voz muy potente y que nadie tuviera dudas de que la que está hablando era una mujer? Por esa razón Carmen comienza la novela diciendo: Mi padre me vendió”.

Mónica Lavín, por su parte, señala que para ella el punto clave no está en la existencia de una voz femenina o masculina, sino en el hecho de que las voces sean persuasivas: “la tarea es convencer al lector de que el personaje de la ficción está vivo. Que tiene personalidad, motivos, sueños, ya sea hombre o mujer”. En su turno, Mónica Castellanos narra cómo al escribir El aroma de los anhelos su preocupación era retratar la participación de la mujer en la revolución mexicana más allá del lugar común: “¿En qué perfil de mujeres pensamos cuando nos mencionan la revolución mexicana? Claro, en las adelitas. El reto estaba en ir más allá”.

A mí, esta noche, me toca jugar de local y por eso evoco la memoria de escritoras laguneras como Enriqueta Ochoa, Magdalena Mondragón y Olga de Juambelz. Hablo también de la obra de autoras contemporáneas como Magdalena Madero, Yolanda Natera y Rosario Ramos. Además evoco la presencia femenina en tanto personajes, de la obra de Saúl Rosales como autor de libros sobre Sor Juana Inés de la Cruz y Malinche/Malintzin.

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