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Hay un viejo dicho futbolero, pronunciado con tono solemne siempre que va perdiendo el equipo favorito: “El juego dura 90 minutos”. La frase pretende ser una lección de vida. Nada está decidido sino hasta el silbatazo final. Hay que luchar hasta el último segundo. El balón puede entrar en el tiempo suplementario. La historia nunca se detiene.
El problema es que en el futbol la pelota sí se detiene. Muchísimo.
En realidad, un partido de futbol no dura 90 minutos. En la Premier League inglesa, los promedios recientes de balón en juego rondan los 55 minutos. En la liga española, el tiempo efectivo llega a ser de escasos 53 minutos. Es decir, el juego dura aproximadamente una hora, y el resto transcurre en forma de saques de banda, protestas, revisiones, oportunos calambres y porteros en meditación trascendental antes de despejar.
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El fenómeno alcanza su plenitud cuando un equipo va ganando. Entonces aparece una enfermedad misteriosa: la súbita debilidad del futbolista en ventaja. El mediocampista que antes de ir arriba en el marcador corría como gacela de documental africano se desploma sobre el césped, mira al cielo, pide asistencia médica, recibe agua, masaje, compasión y, si es posible, otros cuarenta segundos de eternidad.
También tenemos el saque de banda filosófico. La pelota sale por la banda y, de pronto, nadie sabe dónde está. El jugador la recoge lentamente, la seca con la camiseta, busca a un compañero, no lo encuentra, cambia de opinión, avanza dos metros, retrocede uno, escucha al árbitro, discute con el rival y finalmente saca cuando ya han envejecido tres generaciones de aficionados.
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Los cambios son otra coreografía del retraso. El jugador sustituido casi nunca encuentra la salida. Camina hacia el punto más lejano del campo, saluda al árbitro, aplaude al público, abraza a tres compañeros, se santigua, entrega simbólicamente su sufrimiento a la patria deportiva y abandona el terreno con velocidad de procesión.
Por eso el dicho debería actualizarse. El juego no dura 90 minutos. El juego dura lo que el balón consigue rodar entre interrupciones. Lo demás es teatro, administración del cansancio, estrategia de enfriamiento, burocracia muscular. El futbol moderno ha perfeccionado una paradoja admirable: con el videoarbitraje cada vez los partidos duran más en el reloj, pero no necesariamente contienen más futbol.
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“El juego dura 90 minutos”, dicen. Sí, claro. En las novelas también se numeran las páginas en blanco.
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