Revisado desde el presente, es asombroso descubrir la irrupción a finales de los años 50 y en la década de los 60 del siglo pasado, de una generación de artistas cuya obra no ha sido valorada con justicia y que en muchos casos es lamentablemente desconocida. Perdidas en la ceguera de nuestra siempre limitada política cultural, olvidadas por las editoriales que no encuentran redituable la reedición de novelas o libros de poesía indispensables, ocultas las obras plásticas en colecciones privadas, limitada su existencia a la mención entusiasta de viejos y heroicos suplementos culturales, desaparecidas muchas al igual que los museos que las albergaban, apenas salvadas algunas de las películas experimentales de aquellos años en los pocos archivos fílmicos universitarios y salvadas milagrosamente las obras de los compositores en los esfuerzos de los escasos archivos sonoros, mucho del gran arte mexicano y de los artistas de los años definitivos de la segunda mitad del siglo XX es desafortunadamente desconocido ahora.

La lista de nombres de ese grupo de creadores que decidieron renovar el arte y la vida cultural mexicana es notable. En las artes plásticas, un libro de ensayos publicado en 1968, ahora ya considerado un clásico: Nueve pintores mexicanos escrito por Juan García Ponce, dio cuenta de un grupo de jóvenes artistas que se ha dado en llamar la “Generación de la Ruptura” y cuya obra nunca ha perdido vigencia y crece con el tiempo: Manuel Felguérez, Gabriel Ramírez, Lilia Carrillo, Alberto Gironella, Roger von Gunten, Fernando García Ponce, Francisco Corzas, Vicente Rojo y Arnaldo Coen.

Al analizar el trabajo de Arnaldo Coen, García Ponce escribió: “Al sumergirse en su mundo interior, al intentar objetivizar en la realidad de la pintura ese sentimiento del mundo como un animal vivo, lo que el artista busca esencialmente es la manera de hacerlo posible cuando las puras apariencias, de las que ha escapado todo sentido propio, la niegan.” El ensayo de García Ponce fue la ceremonia de iniciación pública de un artista que ha buscado a lo largo de las últimas décadas a través del arte, establecer otra realidad, mediante los más diversos territorios elementos y soportes, con materiales y objetos comunes, a través del despliegue de las líneas sobre la tela y el contraste de los colores, entre las obsesiones de la luz y la memoria, entre geometrías que reinventan el espacio y las imágenes de los sueños.

Un año después del ensayo de Juan García Ponce, en 1969, Coen es convocado por el museógrafo Fernando Gamboa (ese otro gran personaje que también es poco recordado y estudiado), a ser uno de los artistas que participara en un proyecto que ahora es una colección de obras asombrosas: “Los murales de Osaka”, propuestos como las obras que representarían el arte de México en la Feria Universal 70 de la ciudad japonesa y que hoy, con inevitable asombro del espectador que descubre esas piezas monumentales, pueden visitarse en el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez en la ciudad de Zacatecas.

Coen pintó su obra “Desequilibrio de potencias o el hombre ante el espejo de la violencia”, un óleo sobre tela de 508 por 688 cm., como reza su ficha técnica. Coen refleja ahí, a sus 29 años, “el sentido general de su obra bajo el signo de esa multiplicación continua, inevitable”, como describió Juan García Ponce a una colección de cuadros del artista titulados “Lo pequeño se multiplica”. Se trata de un mural que es muchos cuadros, diversas posturas que se dividen y se encuentran en una pieza monumental que no busca un equilibrio, sino el despliegue de las formas en movimiento en el espacio. Un sello quizá de toda su obra.

Cuando Coen ingresó a la Academia de Artes en el año 2010, en su discurso de ingreso dijo: “Una propuesta del arte sugiere representar la realidad tal como la vemos en ese instante. Otra, lúdica, invita a jugar con elementos reales con objeto de transformarlos en otra realidad distinta de la pura representación de algo: busca su propia naturaleza, un conjunto de formas, sonidos o palabras que, en sus diferentes connotaciones, digan otra cosa: lo otro, lo que no se ve, ni se escucha, ni se toca.”

En febrero de 2026, más de medio siglo después de su magnifica obra para “Los murales de Osaka”, Coen deslumbró a quienes lo atestiguamos, con su exposición “Memoria, cuerpo, metamorfosis”, en la galería del Seminario de Cultura Mexicana, del que es integrante. A través de cerca de medio centenar de piezas, de “collages” como el mismo los llama, Coen confirmó todo lo que tiene que decir y cuales han sido sus obsesiones permanentes: obras de arte que trabajan tanto en el espacio como sobre su propio soporte, los sueños como esa elemento nutricio del lenguaje artístico, la presencia de los cuerpos y el geometrismo que descubre otras apariciones de la realidad.

A lo largo de los años, han sido múltiples sus encuentros con la literatura y el lenguaje. Coen es hijo de uno de los grandes filólogos de México, el legendario Arrigo Coen, y la presencia de la lectura de los textos que le han sido fundamentales recorre su obra, no solamente en las piezas de su exposición “Memoria, cuerpo, metamorfosis”, acompañada de los homenajes que hace a sus grandes influencias, particularmente la del surrealismo. Uno de sus encuentros mayores, sin duda, ha sido con la obra de Octavio Paz: en 1987 la editorial Papeles Privados publicó una edición especial del poema “Carta de creencia” de Paz acompañada de tres magníficas serigrafías de Arnaldo. La poesía de Paz fue para Coen, desde sus años juveniles, “la guía para encontrar un lenguaje que me permitiera descifrar las cosas a las que a veces yo ponía títulos aleatorios”, ha dicho Coen.

Paz escribió sobre el artista: “En la obra de Arnaldo Coen no reina el vegetal irregular -como decía Baudelaire- sino la geometría: cubos esferas, conos, sombras o poliedros. No un paraíso natural sino geométrico, pero un paraíso invadido, como por una liana funesta, por el deseo: la mujer y su tropa de monstruos encantadores y terribles.”

Su obra ha sido una exploración del lenguaje, de los colores y las formas que se encuentran y descubren a sí mismas, de la geometría de la memoria y sus visiones. En palabras de Octavio Paz: “Un verdadero artista no es un ser ejemplar: es un ser fiel a sus visiones”.

Y eso ha sido Arnaldo Coen. De sus primeras obras juveniles hasta las piezas escultóricas de su más reciente exposición; de sus performances y trabajos audiovisuales con Juan José Gurrola hasta su colaboración con Octavio Paz en “Carta de creencia”; de su gran mural para “Los murales de Osaka” hasta sus antológicos retratos de Emiliano Zapata, la obra de Coen es uno de los momentos más espectaculares del arte mexicano contemporáneo. Una obra desplegada entre la geometría y el tiempo. Un discurso que ha buscado la fidelidad de la realidad verdadera del arte que emerge y prevalece, a través de la memoria.

[Publicidad]