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Mientras los representantes de casi 200 naciones celebran un histórico acuerdo que por primera vez compromete a todos los países a frenar las emisiones de gases de efecto invernadero, la parte más difícil está por delante: la implementación.
Dos semanas de duras negociaciones produjeron un compromiso para mantener los incrementos de la temperatura global “muy por debajo” de los dos grados Celsius haciendo, a la vez, los mayores esfuerzos para ponerle un tope a los 1.5 grados Celsius. Lo que es más, los firmantes se esmerarán por lograr un mundo descarbonizado para la segunda mitad del siglo XXI.
Más importante para las naciones en desarrollo fue que se garantizara un fondo anual por 100 mil millones de dólares. A partir del 2020, las naciones desarrolladas están obligadas a pagar para que las economías emergentes pasen de su dependencia de los combustibles fósiles a tecnologías verdes más efectivas para impulsar el crecimiento. Fracasar en el cumplimiento de este objetivo sólo justificará a los críticos que desestiman el acuerdo de París como un engaño para las naciones pobres.
Aunque el acuerdo de París entra en vigor plenamente en 2020, se pide a los participantes limitar sus emisiones de carbono de inmediato. Sin embargo, el pacto no es un tratado legalmente vinculante debido al miedo de un rechazo inmediato de parte de muchas naciones y, particularmente, de sus legislaturas, como el Congreso de Estados Unidos. El éxito de largo plazo del pacto depende, a fin de cuentas, de los esfuerzos voluntarios de cada nación por buscar un crecimiento más verde lo antes posible y dentro de los parámetros marcados.
En resumidas cuentas, el tiempo es esencial tratándose de combatir el cambio climático; 2015 demostró ser el año más caliente de que se tenga registro. Las capas glaciares se están derritiendo rápidamente, los países con costas bajas corren el riesgo que hundirse, los desastres naturales son cada vez más comunes.
Se requiere emprender acciones más grandes más allá de las casi 200 naciones firmantes del acuerdo. Un esfuerzo global colectivo eficaz exige la participación directa de actores clave, específicamente el sector privado, los grupos de la sociedad civil y los ciudadanos comunes en todo el mundo. Esto implica no sólo un cambio de hábitos, sino una transformación integral en los espectros político, económico y cultural. No hacerlo resultará en graves consecuencias para el futuro.
Director de Global Strategy Project
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