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Algunos platican y otros escuchan música o simplemente observan paisaje que ofrece la avenida Insurgentes. Sólo hay un sentimiento que une a los aficionados cruzazulinos, que van rumbo al Estadio Azul: la fidelidad a los colores.
Las burlas en contra de ellos han sido constantes en los últimos 20 años. Aún así, portan orgullosos las playeras cementeras, como una muestra de que la fe es perenne cuando se trata de futbol, que, seguramente vendrán tiempos mejores.
Ir por última vez al Azul, cuyo espacio se convertirá en un centro comercial, representa mantener la pasión por un club que jamás pudo conseguir un título de liga en esa casa que ocupó desde agosto de 1996.
Decepciones en finales, una paternidad de América sobre La Máquina y el “nacimiento” del verbo “cruzazulear” fueron algunas de las circunstancias que vivieron los jugadores cementeros y su fanaticada en más de 21 años en el coso de la colonia Nochebuena.
Aún así, sus seguidores van al inmueble. Ocupan el Metrobús como principal forma de transportarse, porque uno de los grandes problemas siempre fue encontrar dónde estacionar el automóvil.
A las siete de la noche, los asistentes al Azul comenzarán a irse y dejar para siempre ese lugar. Lo único que esperan es que su escuadra pueda derrotar al Morelia, para despedirse con una celebración y no decepcionados, como fue una constante en las últimas dos décadas.
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Ya después, Cruz Azul tendrá que mudarse como inquilino a la casa de su máximo enemigo deportivo: el América.
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