Cualquier gobierno comprometido con los derechos humanos tendría una prioridad evidente: fortalecer las instituciones que acompañan a las víctimas y garantizan una defensa adecuada. Ha ocurrido lo contrario

El nacionalismo exacerbado es un arma de doble filo: lo mismo puede servir para conciliar los extremos, que para justificar la violencia de unos contra otros