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Hace 20 años sucedió. Don José ya lo esperaba: el glaucoma lo venció y su vista desapareció. Mas el masajista decidió que no era momento de darse por vencido. La falta de luz no impediría que siguiera haciendo lo que había hecho por más de 40 años: trabajar para sacar adelante a su familia, esa que llevó a Los Ángeles —desde la Ciudad de México— en busca de una mejor vida.

José Manuel es su hijo; se ha vuelto los ojos de su padre, ojos que lo han llevado hasta Rusia, porque don José vive el Mundial a través de la mirada de su vástago.

“Este es mi tercer Mundial. Resultó que era el Día del Padre y me salió la oportunidad de traérmelo, se dieron las circunstancias. Llegamos a la inauguración [Rusia-Arabia Saudita]; estuvimos en el México-Alemania, contra Corea y vamos a Ekaterimburgo para el juego contra Suecia”, cuenta el hijo.

Don José está atento a todo. Su sentido del oído se ha agudizado, pero su muchacho le cuenta todo lo que ve... entra en su mente.

“Trato de ser sus ojos en las calles. En todos lados le digo qué pasa, y ya en el estadio, con la gente se emociona. Le cuento las jugadas, le platico todo”, comparte.

José hijo no se ha ido de fiesta, tampoco a conquistar a las hermosas rusas. Le ocupa es atender a su viejo, sacarle fotografías, mandárselas a la familia, verle con una sonrisa, esa sonrisa que él se encargaba de sacarle en su niñez.

“Él se sacrificó mucho por nosotros... hasta el día de hoy, lo sigue haciendo, por mi mamá, mi hermana, por mí. Le estoy muy agradecido por todo lo que me dio y se siente muy bien regresarle un poquito de todo eso”, señala.

El avión está a punto de despegar. Don José apura a José hijo, quien se ríe y lo toma del brazo: “Pues a seguir siendo sus ojos.. Y a veces él es los míos, por todas las enseñanzas que me da”.

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