El 26 de marzo de 2009 falleció Griselda Álvarez Ponce de León, maestra, escritora y política mexicana. Una mujer cuyo legado ha trascendido el paso del tiempo; permanece viva en su obra literaria —en el “Soneto a la mujer”, en “Cementerio de pájaros” (1956) y en su “Glosa de la Constitución en sonetos” (1999)—, pero también en la memoria política de un país que con ella comenzó a mirar el poder desde otra perspectiva, al dar un paso histórico como la primera mujer en ocupar una gubernatura en México. Su llegada al poder no sólo rompió inercias en una estructura política dominada por hombres, sino que introdujo una forma distinta de ejercer el liderazgo, sensible a las necesidades sociales y consciente de las desigualdades de género.

En sus memorias, “Cuesta arriba” (1993), relata que el día en que tomó posesión como gobernadora de Colima (1979-1985), la estatua del rey Colímotl —símbolo de resistencia indígena— amaneció cubierta con un mandil blanco. Aquel gesto pretendía reducir su investidura a un estereotipo doméstico. Sin embargo, lejos de intimidarla, ese acto evidenció los prejuicios de su tiempo y reafirmó su determinación.

Su gestión se distinguió por impulsar políticas centradas en la educación, la atención a la infancia y la promoción de los derechos de las mujeres. Su liderazgo demostró, con hechos, que la capacidad para gobernar no depende del género, sino de la visión, la preparación y el compromiso con el servicio público. Así, logró convencer incluso a quienes dudaban de la presencia femenina en espacios de alta responsabilidad.

No obstante, la construcción de una verdadera democracia, en que la mujer en nuestro país tuviera cabida, siguió un paso lento. Transcurrió casi una década para que una segunda mujer ocupara una gubernatura: Beatriz Paredes Rangel en Tlaxcala (1987). Entre 1991 y 2018 solo 7 mujeres fueron electas a una gubernatura.

Dos hechos darán un giro. Por una parte, la reforma constitucional de 2014 que acoge el principio de paridad de género que poco a poco se va extendiendo hasta la paridad total en 2019 y, por otra, los criterios del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que exigieron a los partidos políticos la postulación de un número paritario de candidatos hombres y mujeres en las elecciones de 2021, en los estados que debían renovar al Ejecutivo local. De las 15 gubernaturas en disputa, los partidos tuvieron que postular a mujeres para 7 de ellas.

El resultado fue palpable, 6 mujeres resultaron electas. Hoy, tras las elecciones de 2024 contamos con un total de 13 mujeres rigiendo los destinos de su estado.

Con miras a los próximos comicios de 2027 en que se renovarán 17 gubernaturas, la expectativa es que, bajo los mismos criterios de paridad, los partidos políticos postulen una mujer para 9 entidades, lo que derivará en una mayor representación femenina.

No debemos perder de vista los desafíos que nos imponen los próximos comicios. El reto no es sólo ampliar la representación política de las mujeres, sino garantizar condiciones reales para su participación libre de violencia. Aún hoy, candidatas, legisladoras y servidoras públicas enfrentan agresiones y violencia política en razón de género.

Recordar a Griselda Álvarez no es un ejercicio de nostalgia, sino un llamado a la acción. Su legado nos recuerda que la educación, la participación y la convicción pueden transformar estructuras profundamente arraigadas. Nos enseña que el progreso es resultado de luchas constantes, de decisiones valientes, pero, sobre todo, de una firme voluntad de cambio.

Educar para progresar no es sólo una consigna: es una responsabilidad colectiva. Porque el verdadero homenaje a quienes abrieron camino no está en la evocación, sino en la continuidad de su lucha.

En esa tarea, la igualdad sustantiva sigue siendo el horizonte que debemos alcanzar.

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