La enmienda de Claudia Sheinbaum no fracasó por la resistencia natural de la oposición, cayó porque, con ingenuidad, la morenista, se plantó sola en el campo de batalla. Lo que debió ser una demostración de fuerza acabó siendo una exhibición de flaqueza. Atestiguamos al gobierno incapaz de ordenar, persuadir y alinear; se develó a una Jefa de Estado proponiendo un movimiento sensible sin el andamiaje para convertirlo en éxito.

Toda iniciativa electoral toca intereses, no hay inocencia posible en esa materia. Cuando se intenta modificar la representación, los espacios plurinominales, las fórmulas de acceso a los cargos y los mecanismos de supervivencia partidista, lo que se pone en juego no es un simple ajuste legal, es el reparto futuro del poder, sin embargo, ‘El Águila’ actuó como si bastara con su investidura para doblegar rebeldías, creyó que su venia sustituiría el cabildeo, la presión y la inteligencia. No es así.

La revelación central de esta ocurrencia es alarmante: la Ejecutiva carece de operadores, o lo que es peor, los que así se afirman en la realidad no lo son porque aflora su impericia para sacar las tareas encomendadas. Un constructor de acuerdos no es el que aparece en la foto, ni el que pronuncia discursos de obediencia, tampoco el que repite la verborrea del régimen con disciplina burocrática, es quien consigue votos, desactiva obstinaciones, domestica ambiciones, dosifica incentivos y evita que la que manda sea expuesta al escarnio y eso fue exactamente lo que terminó pasando.

A la Presidenta la abandonaron los que dicen ser sus aliados, es otra gravedad del episodio. El PRI y el PAN hicieron su trabajo, oponerse. Pero los que la subieron al patíbulo fueron aquellos que, en teoría, estaban obligados a cerrar filas. Hablando en números, no pagaron con lealtad, prefirieron cobrar réditos. Los que se presentaron como una coalición se quitaron la careta y confirmamos la sospecha, son una sociedad de conveniencia, útil, mientras no se toquen sus cuotas, pero, en cuanto estas se rozan la solidaridad se evapora.

Ese es el problema de los proyectos cimentados en la suma de rentas y no en la cohesión ideológica. Si hay presupuesto, candidaturas, posiciones y protección, sonríen para la portada, pero si un cambio amenaza equilibrios o redistribuye privilegios, cada grupo recuerda que está ahí para defender lo suyo. Sheinbaum, descubrió demasiado tarde que no dirige un bloque compacto, sino un archipiélago de dividendos.

El golpe no es menor no solo se trata de una acción fallida, es una severa señal de que, a partir de ahora, cualquier actor dentro del oficialismo regateará sin miras a la jerarca, convencidos de que las determinaciones, las que sean, se negociarán a la baja y que al final, si quieren, las patearán para dilatarlas o incluso, hundirlas. La tantearon, le aseguraron que la banda tricolor no garantiza acato, esa percepción se instaló y empezó el desgaste verdadero, el de la autoridad que formalmente existe, pero en los hechos se desconoce. Puede tener popularidad, puede tener tribuna, puede tener la estructura, pero resultó claro que no lleva mano y si no somete a los de casa difícilmente lo hará con los demás.

En política, el control se ejerce, se siente y, en esta ocasión, se evidenció lo contrario, una mandataria sin gestores, una alianza sin unidad y unos satélites que, llegada la hora decisiva, optaron por dejarla. No se desmoronó la adenda constitucional, lo que se derrumbó fue la ficción de dominio y, si esto le sucede a la Presidenta su liderazgo se vuelve mito. Las voces ya no discuten lo legislativo, sino la dimensión auténtica de su peso.

A Sheinbaum Pardo no la derrotaron los ajenos, fueron los propios, y luego, desde barrera, contaron los daños, ese es el dato duro, el resto es propaganda.

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