El caso de Noelia Castillo Ramos se convirtió en uno de los debates de mayor atención sobre la eutanasia en España. Nacida en Barcelona en el 2000, vivió su niñez llena de carencias, pobreza y abandono, situación que la condujo a pasar parte de su adolescencia bajo tutela pública. Según su propio relato, en su infancia, la atacaron sexualmente, luego en la pubertad. A su temprana juventud, los 21, penó lo abominable, la violaron tumultuariamente.

Semanas después de la última infamia, el 4 de octubre de 2022, abrumada, rota y sin esperanza, pero resuelta, se arrojó al vacío desde un quinto piso, sobrevivió. El impresionante golpe al estrellarse con el suelo le provocó una lesión medular irreversible, quedó parapléjica, con un feroz dolor crónico y terribles secuelas psicológicas, condiciones que irremediablemente la llevaron a permanecer confinada en silla de ruedas. Para ella, no brillaba el sol al amanecer, significaba experimentar un suplicio sin tregua.

En 2024 solicitó su muerte, su pretensión era terminar con su martirio. Al amparo de la Ley de Regulación de la Eutanasia y al evidenciarse el tormento físico y psíquico, grave y categórico, por la parálisis y la aflicción incurable, producto de la caída, la Comisión de Garantía y Evaluación, dio el visto bueno a su suicidio asistido.

Sin embargo, su padre se opuso frontalmente y, con el apoyo de la Asociación de Abogados Cristianos, comenzó la batalla judicial para impedir el sacrificio, alegó que su hija no era apta para decidir. Transitó por juzgados locales, el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, el Tribunal Supremo e incluso el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Cada instancia concluyó que la chica era adulta, capaz y con facultades para resolver por sí misma su tratamiento.

Suspendido durante 601 días debido a las apelaciones, finalmente, el pasado jueves, en el Sanatorio de Sant Pere de Ribes, en la provincia catalana, recibió el soporte para expirar. Tenía 25 años. Su luz se apagó para siempre.

Mientras que la discusión para unos la centraron entre vegetar y resistir la herida lacerante o el bien morir, para muchos, desnudó el fracaso del Estado pues consideran que tenía la carga de darle rehabilitación profunda para disuadir su voluntad, de hecho, no pocas voces, lo calificaron como una rotunda derrota social.

Pero el discurso silenció lo importante: un Estado que no socorrió a una mujer brutalmente maltratada por hombres bestiales que profanaron su intimidad y mancillaron su inocencia, de los que, quizá, algunos, ni siquiera pagarán por la fechoría y los que sí, transcurrido un tiempo, volverán a la calle en libertad. Es el absurdo contraste victimario-víctima en el que el derecho penal es inútil.

Lo sucedido a Noelia, es ruindad absoluta, lastimar a una indefensa al grado de que su única opción sea quitarse la existencia. Su tragedia nos ata a reflexionar por los feminicidios, abusos, vejaciones y crueldad familiar que abate a miles de mexicanas que jamás tendrán justicia. Por las desaparecidas de Juárez que de poco en poco pasan al olvido dejando una estela de hogares en el desconsuelo e incertidumbre; por cada chica que no regresa a casa, por cada golpe que reciben, por cada huella sádica, indeleble, pintada en sus frágiles cuerpos; por las enlutadas madres buscadoras. Somos un país cegado por la violencia masculina que la ha vuelto sistemática.

Lo de Castillo Ramos es una escandalosa mancha para la humanidad. La ineptitud del aparato gubernativo ante el reclamo de lo básico: protección y seguridad. El Reino de España no pudo ayudarla a vivir, pero fue sumamente eficaz en matarla. No hay duda, el mundo es bárbaro.

@VRinconSalas

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