Son tantas cosas las que trae el morenismo que no se encuentra así mismo. Las promesas de cero corrupción y honestidad quedaron como meras anécdotas. Su quehacer se ha visto denigrado por la perversión, negocios y un infinito desprecio a la ley. Cada semana se destapa un escándalo, generalmente, descubriendo botines, sospechas de colaboración con el crimen y, claro, no faltan los absurdos desplantes de algunos actores que terminan en el ridículo. No hay orden, mucho menos disciplina y ahora estrenamos oposición, perfectamente alineada a sus propios intereses, encarnada en el PT y el PVEM. Es un caos por dónde se vea.
Con tal dispersión, se ha descuidado por acción u omisión, el costo es igual, el derecho a la ciudad, ese que nos pertenece como miembros de una localidad y que básicamente concierne el vivir en escenarios urbanos que nos garanticen el sano desarrollo con espacios públicos seguros y limpios, además, de servicios saludables, agua potable, asistencia médica y en el tema de la policía, ambulancias y bomberos, con respuesta inmediata ante los llamados de auxilio, eficientes. Estar y disfrutar de un ecosistema libre de contaminantes, planeado, que tienda a los equilibrios, mediante mecanismos de inclusión social y respeto a las áreas protegidas. No, no es quimera, es un mandato contenido en la constitución.
Contrario a ello, la inmensa mayoría de las poblaciones están en el abandono, con pésima infraestructura, manchas metropolitanas sin pies ni cabeza, con fronteras divisorias, 'cotos', excluyentes que ahondan las brechas de convivencia. No son colonias, sino falsas burbujas que abonan a la fantasía de quienes las habitan. Aún, los municipios que alardean riqueza, San Pedro en Nuevo León y Zapopan en Jalisco, tienen amplias franjas de marginación. En el capítulo del medio ambiente, en la Ciudad de México, es alerta constante, los días con contingencia, el aire que respiramos nos daña, en tanto, sus calles son un nido de baches. Es frecuente ver que el metro falla y su alumbrado es penoso. Visualmente, son kilómetros de cables los que enmarcan el paisaje, sí, son marañas interminables por doquier.
Lo hemos normalizado, como la violencia. Dicho sea de paso, si no hay asombro por las fosas clandestinas, los ejecutados, los desaparecidos, ni los levantados, ni por asomo lo habrá por el deterioro. Tan es así que, seremos nuevamente anfitriones de un mundial de futbol, sí, este país en luto permanente tendrá su fiesta fugaz, con el afán de borrar las atrocidades que nos azotan en donde ya no se distinguen los buenos de los malos. Es insulto al dolor ajeno, es el sello de la casa, y es lo que con indiferencia absoluta mostraremos al orbe entero: metrópolis velozmente maquilladas en una intentona por esconder bajo el tapete la realidad, pura pantomima efímera.
El celo, esmero y pulcritud que ostentan las grandes capitales del mundo nos es extraño, nuestro caso está lleno de obras faraónicas, a precios exorbitantes, hechas por intocables hampones con lazos al círculo del poder, esos que abren enormes boquetes a la hacienda que todos contribuimos y que después, idénticos que las aves de rapiña, migran a disfrutar de los despojos porque saben que la impunidad los cubrirá, mientras que los entornos siguen sin mejorar, pero, eso sí, con más gente, más carros, más desechos y desde luego, más necesidades.
Es el reclamo por estar en el día a día en un lugar digno, apropiado, amable con el ser humano y no en urbanizaciones en ruinas, desbordadas, manejadas por administraciones perdidas, distantes a las demandas ciudadanas, pero cercanas a la trampa del dinero fácil.
Abogado. @VRinconSalas

