Nahum Elias Orocio Alcantara
Coordinador de Vinculación e Incidencia para la Sustentabilidad
Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad
Imagina despertar una mañana mientras te preparas para ir a la escuela, al trabajo o a desayunar con amigos. Abres la llave y no sale ni una gota de agua. Seguramente, en algún momento, ya has vivido esta situación. Y si no, no es una escena de ciencia ficción; es una posibilidad que, hasta hace unos meses, muchos habitantes de la CDMX nos preguntábamos si podría volverse realidad.
Cada 22 de marzo, el mundo conmemora el Día Mundial del Agua, una fecha que, lejos de ser un simple recordatorio, nos enfrenta a una realidad incómoda, la de vivir en una metrópoli que se tambalea al borde de la crisis hídrica. Entre fugas, sobreexplotación y una urbanización que parece no tener fin, el agua se ha convertido en un recurso que damos por sentado, pero cuya ausencia nos podría paralizar.
Nuestra CDMX recibe una cantidad considerable de lluvia al año, sin embargo, esto no se traduce en una disponibilidad eficiente del agua. ¿Por qué? Entre otras razones, nuestra infraestructura y modelo de gestión hídrica han fallado en aprovechar este recurso. La mayor parte del agua de lluvia no se infiltra al subsuelo, sino que se canaliza rápidamente hacia el drenaje, provocando pérdidas e inundaciones.
Todo esto resulta incomprensible si consideramos que la CDMX se construyó sobre lo que fueron extensos lagos y ríos. Hoy, esos cuerpos de agua han sido sustituidos por una densa urbanización de asfalto y concreto, impidiendo la infiltración natural del agua a nuestro acuífero. Pero, ¿por qué esto debería importarnos?
Quienes habitamos la CDMX dependemos en gran medida de un acuífero subterráneo, que abastece poco más del 60% del agua que consumimos. Sin embargo, la estamos extrayendo a un ritmo insustentable, sacamos más de lo que el acuífero logra recargar. Esto no solo nos acerca a la escasez, sino también genera hundimientos y daños estructurales en viviendas y calles.
Para compensar esta “insuficiencia”, recurrimos al Sistema Cutzamala, que transporta agua desde otros estados. Sin embargo, las sequías han reducido
los niveles de las presas a mínimos históricos, poniendo en riesgo esta parte de nuestro suministro. A esto se suma una red de distribución obsoleta; se estima que el 40% del agua se pierde en fugas antes de llegar a nuestros hogares.
Mientras tanto, la ciudad crece sin una planeación hídrica adecuada. Los desarrollos inmobiliarios demandan más agua de la que el acuífero y las infraestructuras pueden proveer, agravando el problema.
Si bien el gobierno actual ha anunciado medidas para modernizar el sistema hídrico y regular el crecimiento de la ciudad, estas no resolverán por sí solas la crisis. La solución requiere una estrategia integral donde la protección del Suelo de Conservación —lugar donde se recarga gran parte del agua que consumimos— sea clave. Es prioritario generar condiciones para que todas y todos captemos agua de lluvia, se reparen las fugas y se mejoren las plantas de tratamiento de agua. Nada de esto será suficiente sin un cambio cultural. Desde nuestra ciudadanía, debemos ser conscientes de la problemática y comprometernos activamente, exigiendo una mejor gestión del agua.
El Día Mundial del Agua no es solo un recordatorio de la crisis hídrica como un problema del futuro; es una realidad que ya estamos viviendo. No podemos quedarnos esperando soluciones desde arriba. La crisis del agua nos afecta a todas y todos. La pregunta ya no es si podemos quedarnos sin agua, sino ¿Qué estamos dispuestos a hacer para evitarlo?