¿Es el desarrollo económico un fin o un medio? Para el proyecto neoliberal que durante décadas definió la política económica de México, el desarrollo era el fin. Lo importante era medir al país con indicadores macroeconómicos, bajo la equivocada y engañosa idea de que, si había mucho flujo de ingresos, la derrama económica nos alcanzaría a todos. Una promesa de convertirnos en un país de primer mundo que nunca pudo sostenerse y terminó devaluando el valor de nuestra moneda como nunca, ocasionando deudas financieras que trascenderán generaciones y poco margen de acción para revertir los daños.
Aunado a ello, como país vecino de EU, hemos tenido que sortear, una y otra vez, la influencia ambivalente de nuestra condición geográfica. Ya lo ha dicho nuestro secretario de Economía, Marcelo Ebrard al referirse a las negociaciones sostenidas con el gobierno de Trump “ellos están rehaciendo sus relaciones comerciales con el resto de las naciones, bajo una política orientada a proteger su industria nacional y en este reajuste, México ha sido el país con la mejor negociación alcanzada”. Muestra de ello es que en la tercera ronda de revisión del T-MEC, México ocupa aranceles de 10%, gracias también a la conducción y la relación que nuestra presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido con el presidente del país vecino.
Sin embargo, esto no ha ocurrido de manera fácil, ni de la noche a la mañana, veamos. En diciembre de 1994 todas las familias mexicanas amanecimos con una noticia devastadora, el peso se devaluó, los precios subieron y las tasas de interés convirtieron créditos manejables en deudas imposibles ¿no se suponía que íbamos a entrar al primer mundo? Los siguientes meses fueron peores, la economía cayó 7% y alcanzamos una inflación de 52%. El sistema bancario fue protegido, mientras familias y empresas enfrentaron un endeudamiento muy elevado, cartera vencida y pérdida de patrimonio. De ahí nuestra desconfianza a muchas noticias que después nos dijeron sobre la mejora en la economía nacional. Pero algo cambió.
En 2018 y luego de una larga lucha, Andrés Manuel López Obrador logró consolidar en gobierno la máxima que lo acompañó durante todas sus campañas “Por el bien de todos, primero los pobres”. Pero pongamos atención a lo siguiente, no se trató de un lema, sino de un proyecto de nación, una política de Estado para garantizarle a la mayoría de la población la posibilidad de mejorar sus condiciones elementales, y darle viabilidad a un país de amplísimos recursos (en especial su gente) para el papel de potencia intermedia a la que estaba llamada en esta región del planeta. Es decir, construir con certezas un mercado interno fortalecido por cadenas de valor, con una población dispuesta a quedarse y construir un nuevo desarrollo nacional en el marco de una geopolítica cada vez más compleja y adversa.
La presidenta Sheinbaum, a través del Plan México, ha continuado con la transformación, ampliando la infraestructura carretera y ferroviaria, impulsando la industria de la construcción, en particular en vivienda social y ha sostenido y ampliado, en una nueva etapa, los programas sociales, la seguridad social, mejores salarios y la jornada laboral junto a mayor seguridad pública.
Pero la riqueza de las naciones se mide por la producción de bienes y servicios, así como por el intercambio con otros mercados. Por ello, es muy importante definir una política industrial y comercial que permita impulsar su manufactura y producción nacional en nuestro territorio y en el exterior.
En esta ruta se inscribe “Hecho en México”, una estrategia que recupera este distintivo para convertirlo en una herramienta de reconocimiento y promoción de las empresas que producen en el país. El secretario de Economía lo resumió con claridad “No se trata de poner el sello en todos lados, sino en las empresas que nos representan”. El reto consiste en que esa representación exprese cada vez, más trabajo, proveeduría, conocimiento y valor generado en México, sin aislar a nuestra economía de las cadenas internacionales de las que ya forma parte.
Nuestro vecino utiliza imposiciones unidireccionales de aranceles para proteger sus industrias. México tiene derecho a defender las suyas y a disminuir dependencias que puedan poner en riesgo empleos cuando cambian las decisiones en Washington; y es ahí donde se encuentra la siguiente fase del proyecto humanista que se impulsa desde la Cuarta Transformación, porque además de poner primero a los más pobres, se necesita compartir con todas y todos los mexicanos, una parte de la riqueza que, como pueblo somos capaces de generar en este territorio tan diverso y abundante.
Las nuevas generaciones no necesitan otra promesa de entrada al primer mundo. Necesitan asumir que viven en un país desarrollado y soberano donde el trabajo permite construir una vida, donde el talento encuentra oportunidades y no necesita escapar a otras naciones para subsistir; pero, sobre todo, una nación donde sus recursos se protegen y se trabaja para que permanezcan en manos de la mayoría de las y los mexicanos.
Académico

