El pasado 18 de julio se conmemoró el natalicio de Nelson Mandela y el 31 de este mismo mes, se cumplirán 35 años de su visita a México, acontecimiento que permanece en la memoria por la importancia del personaje y el momento histórico que representó esa entonces llamada “gira de la libertad”.
Yo era diputado federal de la LIV Legislatura y tuve la oportunidad de estar en el Congreso durante su paso por la Ciudad de México. Recuerdo al señor Mandela acompañado por Winnie, su esposa, y la atención que provocaba la presencia de un hombre que había pasado 27 años en prisión y que, sin ocupar todavía la Presidencia de Sudáfrica, hablaba ya con la autoridad de quien conducía el destino de su país.
Había recuperado la libertad unos meses antes, pero él insistía en que su libertad no significaba la libertad de su pueblo, aún bajo el terrible apartheid. Por eso mismo, Mandela recorrió distintos países, para mantener el respaldo internacional, fortalecer al Congreso Nacional Africano y evitar que las primeras concesiones del régimen fueran presentadas como una transformación concluida.
En sus intervenciones insistía en que la desaparición del apartheid no podía reducirse a la derogación de algunas leyes. La mayoría debía ejercer plenamente sus derechos políticos, participar en elecciones libres y formar parte de un nuevo orden constitucional. Al mismo tiempo, planteaba una salida que evitara que el fin del régimen racial desembocara en una guerra civil.
Esa era la complejidad de su liderazgo. Había encabezado la resistencia, conocido la clandestinidad, enfrentado los tribunales y soportado décadas de encierro. Ahora debía negociar con quienes lo habían perseguido, mantener unido a su movimiento y preparar las condiciones para gobernar una sociedad profundamente dividida.
Cuando estuvo en México faltaban casi tres años para que asumiera la Presidencia. Sin embargo, para quienes tuvimos oportunidad de escucharlo sabíamos que sería él quien encabezaría la nueva etapa sudafricana; porque sabíamos y sabemos hoy, que los cargos no otorgan liderazgos, todo lo contrario, los liderazgos trascienden cargos y encargos.
En el caso de Mandela, su cargo fue consecuencia de una vida política construida durante décadas, algunas de ellas lejos de los reflectores y bajo condiciones extremas. En la vida pública, esa parte de las trayectorias suele omitirse. Se observa el momento en que alguien llega a una responsabilidad y se construyen explicaciones inmediatas alrededor de una relación, una cercanía o una decisión coyuntural, olvidando a conveniencia años de militancia, luchas sostenidas y momentos adversos.
También en México hemos visto cómo los recorridos pueden transformar una resistencia en una fuerza nacional. Después del desafuero de 2005, Andrés Manuel López Obrador recorrió el país y consolidó una organización territorial que fue creciendo durante años. Aquella gira permitió ampliar una base política que más tarde daría forma a un movimiento y finalmente alcanzaría la Presidencia. De nuevo queda demostrado que el recorrido es algo más profundo e incluso casi siempre invisible o mejor dicho invisibilizable, cuando el foco se pone solo en los cargos y encargos públicos.
Mandela y López Obrador comparten, entre muchas semejanzas de liderazgo político y sensibilidad social, algo trascendente, durante sus giras articularon apoyos, defendieron un movimiento legítimo sobre el régimen establecido, y presentaron las bases y principios fundacionales del país que posteriormente se comenzó a reconstruir.
Hoy, a 35 años de esa visita, aún conservo la imagen de aquel Mandela que pasó por el Congreso mexicano, quien, sin ser aún jefe de Estado, ni haber ganado una elección nacional, era el dirigente de una lucha que seguía en marcha y que comenzaba a convertir la libertad conquistada, en una nueva forma de gobierno. Aquella fue, en todos los sentidos, una gira de la libertad.
Académico

