Tras décadas de búsqueda, este domingo fue abatido un importante líder del narcotráfico por las Fuerzas Federales en Tapalpa, Jalisco. Su captura ocupa los titulares, pero el significado de este hecho debería ir más allá del personaje para preguntarnos ¿qué hemos aprendido como sociedad frente a fenómenos que una y otra vez reaparecen bajo distintos nombres?
Durante años, en México se fue instalando una especie de pedagogía social en la que el narcotraficante ocupó el centro de muchos relatos. Ahí, la violencia se contó e incluso se justificó a través de historias biográficas contadas desde la música, el cine o la televisión. Luego la industria contribuyó inventando símbolos sociales, comerciales e incluso culturales al grado de condensar la verdadera complejidad del crimen organizado. Un encuadre creado con toda premeditación para simplificar el problema y, al mismo tiempo, otorgarle al propio fenómeno una dimensión cultural que nunca debió tener; porque cuando la atención se fija en el individuo, el sistema que lo hizo posible queda fuera de foco; y cuando ese sistema permanece intacto, la historia vuelve a repetirse hasta el cansancio, cada vez con un personaje nuevo.
Romper esta pedagogía es una tarea urgente y muy importante, pues la grandeza de una nación no se construye narrando una y otra vez la vida de los criminales, sino fortaleciendo las condiciones que impiden que surjan. Así que es tarea de todos trasladar la discusión pública del personaje hacia los daños que causan en los territorios, de la espectacularidad hacia las condiciones de desarrollo lejos del crimen, del hecho aislado hacia los procesos sociales que lo incuban.
Tapalpa, como muchos otros municipios del país, permite entender esta dimensión territorial. No es únicamente el lugar donde ocurrió un operativo; es el reflejo de una realidad extendida en numerosas regiones mexicanas: comunidades con vocación productiva, insertas en economías legales que, de manera paulatina, quedan entrelazadas con circuitos ilícitos, no por decisión colectiva, sino por la llegada de capital ilegal que ofrece soluciones inmediatas donde las políticas públicas llegaron tarde. Entonces aparece el poder criminal y encuentra condiciones para arraigarse reclutando mano de obra e imponiendo reglas informales; el problema deja de ser policial para convertirse en estructural.
Por ello, la pregunta central tras un operativo de esta magnitud no es si se logró un objetivo, sino qué transformaciones seguirán para evitar que el vacío sea llenado nuevamente. La labor del Estado no debe limitarse al uso legítimo de la fuerza. Requiere inteligencia financiera para desmantelar redes económicas, fortalecimiento de las policías locales, acceso sin barreras a sistemas de justicia eficientes, inversión pública que fortalezca economías locales y políticas sociales que reduzcan la dependencia de las personas más desfavorecidas a ingresos ilícitos.
A este episodio se sumó un fenómeno paralelo: desde la captura de este personaje y días posteriores a ello, circularon mensajes dirigidos a ciudadanos estadounidenses en México con recomendaciones de cautela que, más allá de su formulación preventiva habitual, contribuyeron a amplificar percepciones de riesgo. Este tipo de comunicaciones forman parte de la práctica consular internacional, pero también inciden en la narrativa pública al sugerir escenarios de inestabilidad incluso cuando la acción del Estado busca restablecer condiciones de control.
No es la primera vez que, ante operativos de este tipo, desde el exterior se plantea una participación más directa en asuntos que corresponden a México. Esa tensión ha estado presente en la cooperación en seguridad, pues la colaboración entre países siempre ha resultado útil frente a problemas compartidos, pero nunca debe sustituir la responsabilidad de cada Estado sobre su propio territorio. La discusión no es si debe existir cooperación, sino bajo qué principios se construye.
México ha demostrado que puede actuar con contundencia cuando es necesario. Ahora toca convertir estos momentos en procesos duraderos de reconstrucción territorial y fortalecimiento institucional.
Hechos como el acontecido el domingo pasado, no deberían de alimentar la memoria de un personaje, sino abrir una reflexión colectiva sobre las condiciones que no debemos repetir. La seguridad que la sociedad demanda no consiste en episodios excepcionales de fuerza, sino en largos periodos de normalidad, en los que la ley sea la única referencia de autoridad, la economía legal sea suficiente para sostener la vida comunitaria y en donde ninguna región vuelva a quedar atrapada entre el abandono y la criminalidad.
Académico

