El cerebro y el corazón de la izquierda no deben negar la crueldad impuesta a los deudos de los desaparecidos. Y deudos son en verdad, pagan en vida hasta saber (en el mejor de los casos), y entonces vuelven a pagar de nuevo.

¿Dónde quedaron? ¿Qué rastro minúsculo dejaron? Un girón; un pedazo de existencia: de sus problemas, delicias, gustos, errores y sentimientos; apenas humo para el recuerdo de quien los quiere que aparece con fuerza para incendiar su voluntad.

No se engañan ni yerran. En su búsqueda se imponen al horror de saber y el miedo de no saber. Sin remedio, sin opciones, no dejan de trabajar para encontrar una verdad que saben encontraran tan cruel como la ignorancia.

No importa que haya quien medre en medio del terror. Tampoco que haya provocadores en las manifestaciones. Lo cierto es que existen las víctimas. Existen sus familiares y las organizaciones que han creado y sostenido a veces sólo con esperanza y a veces sin ella.

Existen opiniones diversas, pero en todas, la respuesta debería ser la comunicación efectiva con las víctimas:

Para el que sólo sabe sumar y restar en el balance de la opinión pública, debe ser un error no recibirlos.

Para el que sólo ve “lo político” (de esa política alejada de los problemas y perdida en la maniobra), es un error no reaccionar frente a los verdaderos actores y sólo hacerlo frente a quienes medran del dolor.

Pero, para el hombre y la mujer que actúan con ética, es un imperativo ponerse en su lugar y actuar con justicia.

La presidenta de la república ha planteado el acercamiento y el diálogo que deberá concretarse pronto.

Morena deberá participar también, su dirigencia debe bajar del templete. La organización no sólo existe para afiliar y cachar votos. Si no está para lo humano, no sirve para nada.

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