Por unas semanas, México dejó de ser noticia por los cárteles.
No fue una captura, una masacre, una crisis migratoria o una nueva alerta de seguridad lo que puso al país en la conversación mundial. Fue su gente. Mientras millones de visitantes recorrían nuestras ciudades durante el Mundial, descubrieron un México hospitalario, alegre, ingenioso y generoso. Esa fue, quizá, la otra victoria de México.
Quizá no nos dimos cuenta mientras ocurría, pero durante esas semanas México hizo diplomacia pública. No la que ocurre entre cancilleres y presidentes, sino la que construyen millones de ciudadanos cuando un extranjero regresa a casa con una historia distinta sobre un país. Esa diplomacia no firma tratados. Cambia percepciones. Y, en el siglo XXI, las percepciones también son una forma de poder.
Estamos acostumbrados a pensar que la política exterior se juega entre gobiernos. Sin embargo, una parte creciente de la reputación internacional de un país depende de su gente. Cada turista que vuelve contando que fue tratado con calidez, cada fotografía compartida en redes sociales, cada conversación en un estadio y cada gesto de hospitalidad terminan construyendo una imagen nacional tan poderosa como cualquier campaña oficial.
Durante años permitimos que la conversación sobre México quedara secuestrada por la violencia. El narcotráfico, la corrupción y los homicidios son problemas reales que han lastimado profundamente al país y sería irresponsable negarlos. El problema aparece cuando esa realidad termina convirtiéndose en la única historia que el mundo conoce sobre nosotros.
Porque México también es otra cosa.
Es quien acompaña al visitante perdido aunque tenga prisa. Es quien recomienda el mejor puesto de tacos a un desconocido. Es quien abre espacio en su mesa para alguien que acaba de conocer. Es quien convierte una conversación de cinco minutos en una amistad. Esa hospitalidad cotidiana, tan normal para nosotros, fue la imagen que millones de personas se llevaron de regreso a casa.
Hubo una escena que resumió perfectamente ese espíritu. Un aficionado argentino insultaba a un mexicano por apoyar a España durante la final. La respuesta no fue una pelea. El mexicano simplemente comenzó a bailar mientras levantaba una tarjeta roja.
Mientras uno gritaba, el otro bailaba.
La escena se volvió viral porque representaba algo mucho más profundo que una ocurrencia. Frente a la provocación hubo humor. Frente al intento de humillar hubo seguridad. Frente a la agresividad apareció una respuesta que no necesitó violencia para dejar claro quién había perdido el control.
Eso también es México.
El Mundial no resolvió nuestros problemas de seguridad ni borró las heridas que siguen abiertas. Lo que sí hizo fue abrir una ventana para que el mundo conociera un México que existe todos los días, pero que pocas veces aparece en los encabezados internacionales.
Los países no sólo compiten por mercados, tecnología o influencia militar. También compiten por la confianza, la admiración y el afecto de las sociedades. En esa competencia, México tiene una ventaja extraordinaria: su gente.
Durante demasiado tiempo otros contaron nuestra historia. Este verano, por unas semanas, millones de personas descubrieron otra. Un México que recibe, comparte, sonríe y que, cuando alguien intenta arruinar la fiesta, simplemente saca la tarjeta roja y sigue bailando.
Ojalá entendamos que esa también es una forma de podery que eso, también es México.
El último en salir , apague la luz

