“Cualquier republicano, en la Cámara o en el Senado, que vote contra los ARANCELES sufrirá seriamente las consecuencias en tiempos electorales, ¡incluidas las primarias!”
La advertencia de Trump llegó en las horas finales del debate sobre la resolución que busca revocar los aranceles impuestos a Canadá en 2025 en la Cámara de Representantes.
Durante años, el poder de Donald Trump dentro del GOP descansó en una premisa simple: nadie podía sobrevivir políticamente enfrentándolo. Esa lógica disciplinó primarias, silenció disidencias y convirtió al partido en una extensión casi orgánica de su liderazgo.
Pero algo ha empezado a cambiar.
Seis legisladores republicanos —Thomas Massie (Kentucky), Don Bacon (Nebraska), Kevin Kiley (California), Jeff Hurd (Colorado), Dan Newhouse (Washington) y Brian Fitzpatrick (Pennsylvania)— cruzaron la línea para unirse a los demócratas. El margen fue estrecho: 219 contra 211. El número es pequeño. El significado no lo es.
Algunos representan economías locales profundamente integradas al comercio con Canadá y otros países afectados por los aranceles: agricultura, manufactura, cadenas de suministro. En esos distritos, los aranceles no son consigna soberanista, sino costos directos sobre exportaciones y empleo.
A nueve meses de unas elecciones intermedias, algunos parecen haber concluido que el riesgo mayor ya no está en las primarias, sino en noviembre. Esto altera la arquitectura interna del partido.
No estamos ante una rebelión ideológica. Estamos ante la posible fase de erosión del control hegemónico. El liderazgo de Trump se sostuvo durante casi una década en dos mecanismos: protección electoral a aliados y castigo creíble a disidentes. Eso no significa que el trumpismo haya terminado. Significa que, cuando la amenaza pierde eficacia, la autoridad y la disciplina dejan de ser automáticas.
A diferencia de su primer mandato, cuando las disidencias eran anécdotas rápidamente sofocadas, o incluso de los meses iniciales de este segundo periodo, donde el GOP parecía un monolito, ahora emergen fisuras.
La respuesta probable no será moderación. Históricamente, cuando los liderazgos carismáticos perciben vulnerabilidad, tienden a reforzar el vínculo con su base más leal. Intensificar frentes identitarios, escalar confrontaciones externas, convertir cada disputa en plebiscito personal. Con niveles de aprobación debilitados, es probable que refuerce los frentes que consolidan a su base más leal para blindar su posición.
En ese sentido, la revisión del T-MEC entra en una fase crítica. Si el comercio se convierte en herramienta de disciplina interna y movilización electoral, las negociaciones no estarán guiadas únicamente por lógica comercial y económica. Ottawa no negociará solo con una administración, sino con un liderazgo que quizá necesitará reafirmar autoridad dentro de su propio partido.
Seis votos no alteran la política estadounidense. El episodio no implica aún un colapso del liderazgo de Trump. Tampoco anuncia su fin. Pero sí sugiere que estamos entrando en una etapa distinta: una en la que ese liderazgo deja de ser incuestionable.
Los republicanos no están abandonando a Trump. Pero algunos empiezan a actuar como si asumieran que es posible sobrevivir políticamente sin él.

