En Medida por Medida (Measure for Measure), escrita hacia 1604, William Shakespeare presenta al Duque Vincentio fingiendo abandonar Viena y delegando el poder en Angelo, un puritano inflexible que aplica usa el poder con severidad implacable. Apenas asume, condena a muerte a Claudio y desata temor y rechazo en la ciudad.

Pero el Duque nunca se fue. Disfrazado de fraile, regresa para observar y luego intervenir con aparente misericordia. Restablece el orden, salva vidas, impone matrimonios “justos” y reconcilia a los personajes bajo su autoridad moral. No corrige el poder: lo reencuadra. Angelo y el fraile no representan proyectos distintos, sino dos registros de una misma arquitectura de control. No se trata de estilos opuestos, son variaciones tácticas dentro de una misma concepción del poder: Angelo es la cara inflexible que escandaliza; el fraile, la amable que persuade.

Hace un año, en 2025, JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, acudió a la Conferencia de Seguridad de Múnich con un mensaje frontal: Europa, afirmó, estaba erosionando sus propios valores democráticos. No señaló a Rusia ni a China como amenaza principal, sino a la decadencia interna del continente, y condicionó el respaldo estadounidense a una alineación más estricta con las prioridades de Washington. El silencio en la sala reflejó incomodidad y ruptura.

Un año después, Marco Rubio llegó al mismo foro con un tono emotivo y conciliador. Habló de herencia cristiana compartida, de civilización occidental, de renovación conjunta. La palabra “juntos” se repitió casi treinta veces. Hubo aplausos de pie. Una ovación que pareció más alivio que entusiasmo.

Sin embargo, el fondo no se alteró. Ambos discursos, el de Vance y el de Rubio, exigen que Europa se alinee con las prioridades de la Casa Blanca bajo la advertencia implícita de que la cooperación será selectiva. Vance lo expresó con crudeza; Rubio lo envolvió en nostalgia cultural y lenguaje de unidad.

En el discurso de Rubio, la migración reapareció como amenaza existencial; se cuestionaron instituciones multilaterales de la posguerra; se privilegió una narrativa centrada en un “realismo” basado en intereses nacionales y liderazgo estadounidense. Se relativizaron políticas climáticas por su costo económico y se definió a Occidente en términos culturales y religiosos más que en principios democráticos y liberales. La diferencia con Vance fue de forma.

Rubio llegó como apaciguador, pero la doctrina persiste: más gasto europeo en seguridad, la llamada “carga compartida”; menor centralidad de Rusia como amenaza prioritaria; una OTAN reinterpretada bajo parámetros estadounidenses. Con tono suave evocó una hermandad entre Estados Unidos y Europa, sellada por herencia histórica y valores compartidos. Valores que hoy se tensionan, pues la visión europea no coincide plenamente con el “renacimiento” MAGA ni con una redefinición del liderazgo estadounidense que erosiona la soberanía estratégica del continente.

Europa ha comenzado a responder. Tras la reducción del compromiso estadounidense en Ucrania, los europeos han incrementado su propio apoyo y acelerado discusiones sobre un “pilar europeo” dentro de la OTAN. Ursula von der Leyen fue clara: “no hay otra elección que ser más independientes”. Incluso la tensión en torno a Groenlandia ha reforzado la conciencia de vulnerabilidad estratégica..

En Medida por Medida, el Duque restaura el orden a su manera y los demás aceptan su autoridad: algunos convencidos, otros resignados. Rubio ofreció una mano conciliadora mientras mantenía intacta la estructura que Vance había expuesto sin matices. La pregunta no es si el fraile es más amable que Angelo, sino si Europa habrá confundido en Múnich tono con sustancia. 

La obra de Shakespeare no termina con una revolución, sino con una aceptación.

La historia europea, en cambio, aún no ha decidido su final.

X: @solange_

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