En el año 2000, cuando Vladimir Putin prometía poner fin al fracaso de la era Yeltsin, su gobierno comenzó una campaña metódica contra la libertad de prensa. Paso a paso, Putin fue desarticulando la prensa libre. Su estrategia inició con la adquisición estratégica de medios clave por oligarcas aliados del Kremlin. Un proceso al que siguió casi de inmediato, la aprobación e implementación de leyes ambiguas que transformaron el periodismo crítico en un peligroso juego de interpretaciones legales.

Desde el Kremlin se orquestó la asfixia económica de medios independientes, al tiempo que se desplegaba un sofisticado aparato de vigilancia que convirtió a los reporteros en objetivos constantes de persecución. Al mismo tiempo, Putin restringió severamente el acceso de los periodistas a información oficial, eliminando las ruedas de prensa públicas con altos funcionarios. Putin, por ejemplo nunca enfrenta preguntas hostiles de reporteros rusos, pues ha marginado efectivamente a los medios independientes.

El caso de Natalia Morar, periodista de The New Times exiliada en 2007 por investigar la corrupción gubernamental, ejemplificó la nueva realidad: en la Rusia de Putin, buscar la verdad podía costarte tu hogar… o tu vida como muestra el caso de Anna Politkovskaya (asesinada en 2006) o Yuri Shchekochikhin (Muerto en 2003 de una enfermedad misteriosa). El presidente ruso ha dejado claro que el control de la información es fundamental para su visión de poder, y que el silencio de la prensa crítica no es una opción, sino un requisito.

De manera inquietantemente similar, la Casa Blanca de Trump ha anunciado que asumirá el control directo sobre qué medios de comunicación tendrán acceso para cubrir al presidente. Esta medida sin precedentes arrebata el poder de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, un organismo independiente que durante más de un siglo ha gestionado el acceso de la prensa a la presidencia. Al igual que Putin, Trump busca controlar quién puede hacer preguntas y qué tipo de cobertura recibe, favoreciendo a medios percibidos como amigables y marginando a aquellos considerados críticos. La Associated Press, pilar centenario del periodismo objetivo, se encuentra ahora vetada de eventos clave en la Casa Blanca por negarse a rebautizar el Golfo de México como "Golfo de América.”

Pero el ataque a la libertad de prensa no se limita a la Casa Blanca o al Avión Presidencial. El Pentágono se ha convertido también en escenario de una purga mediática, oculto bajo el eufemismo de un "programa de rotación” como el anunciado en la Casa Blanca, el Departamento de Defensa ha expulsado a gigantes del periodismo como The New York Times, NBC News, CNN y NPR de sus oficinas, reemplazándolos por voceros de la derecha más radical como Breitbart News.

Pero la amenaza no se limita a expulsar a la prensa independiente. La administración Trump pareciera estar gestando una cacería de brujas contra la prensa libre. Trump, obsesionado con las filtraciones, amenaza con convertir a los periodistas en criminales por el mero hecho de hacer su trabajo. Sobre las salas de redacción pende ahora una espada de Damocles: citaciones judiciales, vigilancia y demandas para revelar fuentes.

Todo esto, sumado a la retórica constante del propio Trump, sus constantes ataques verbales contra los medios de comunicación, tildándolos de "enemigos del pueblo" y "noticias falsas", parecen una calca del lenguaje utilizado por Putin para desacreditar a la prensa independiente. Esta retórica no solo socava la confianza pública en el periodismo, sino que también crea un ambiente hostil y peligroso para los reporteros.

La similitud entre las tácticas de Trump y Putin no es coincidencia. Ambos líderes comparten una visión del poder que no tolera el escrutinio ni la crítica. La diferencia radica en que, mientras Putin ha tenido décadas para perfeccionar su control sobre los medios, Trump parece estar desesperado pisando el acelerador.

El peligro que esto representa para la democracia estadounidense no puede subestimarse. Sin prensa libre e independiente se derruma uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática. Sin ella, el poder ejecutivo queda sin contrapesos, libre para actuar con impunidad. La lección de Rusia es clara: cuando los medios pierden su independencia, el autoritarismo puede avanzar sin obstáculos.

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