“Estados Unidos ha perdido el control de su propia política exterior”, escribe en The Economist, Badr Al Busaidi, canciller de Omán. La frase importa más por lo que revela que por quien la dice. Al Busaidi no es un actor neutral. Durante años, Omán ha mantenido una relación cercana con Irán, ha sido mediador con sus adversarios y facilitó las tres rondas de negociaciones nucleares entre Teherán y Washington. La última de ellas, días antes de los ataques que iniciarían la guerra actual.
Después vendría la escalada que nos ha tenido casi tres semanas al borde de una de las peores crisis energéticas de los últimos años. En esta guerra, Omán también ha sido blanco de ataques iraníes. Y los recientes eventos en Ras Laffan, las contradicciones entre Estados Unidos e Israel, sumados al cierre de facto del Estrecho de Ormuz, parecen dar cuenta de que este conflicto se ha salido de control.
De acuerdo con las declaraciones de Al Busaidi el 27 de febrero en Washington, Irán habría acordado que "nunca, nunca... tendrá material nuclear que cree una bomba” y que las reservas existentes de uranio enriquecido del país se "mezclarían al nivel más bajo posible" y "se convertirían en combustible.” Pero casi al mismo tiempo, la televisión estatal iraní reportaba que Teherán estaba determinado a continuar enriqueciendo uranio y rechazaba trasladar su material al extranjero. El optimismo del mediador y la posición pública iraní no coincidían. Horas después comenzarían los bombardeos.
Tres semanas después el panorama parece aún menos transparente. Las imágenes de las llamas en Ras Laffan en Qatar el miércoles pasado dieron la vuelta al mundo. Irán había atacado la planta exportadora de Gas Natural Licuado (GNL) más grande del planeta en represalia por el bombardeo israelí a la planta iraní South Pars. Lo que vino después fue un vendaval de confusiones y contradicciones. Trump publicó esa noche que Estados Unidos "no sabía nada" de ese ataque. Peter Hegseth, secretario de Defensa, declaró al día siguiente "tenemos las cartas […] Israel claramente envió una advertencia.” Y horas después, Benjamin Netanyahu, Primer Ministro Israelí afirmaba que Israel “actuó solo" y que Trump le pidió detenerse.
La contradicción salta a la vista. O bien se “tienen las cartas” y Washington sabía del ataque israelí de antemano (y le dio su anuencia ya fuera tácita o explícitamente) o “no se sabía nada” e Israel “actuó solo” dejando a la Casa Blanca en desconocimiento. Una u otra son una muestra de falta de coordinación y de contradicción narrativa. Peor aún, operativa. Israel ataca South Pars, Irán responde contra Ras Laffan, Arabia Saudita intercepta misiles sobre Riad, Abu Dhabi cierra instalaciones de gas. En las últimas 48 horas, la espiral no ha hecho sino acelerarse. Nada de lo que se ve hoy apunta a una desescalada sin un plan claro para un cese al fuego.
En medio de esta espiral, esa falta de plan de salida se ha hecho evidente. Por más de una semana, Trump ha presionado a sus aliados en la OTAN, a Europa, a Japón, a Australia, buscando aliados para abrir el Estrecho de Ormuz, llevar buques de guerra al Golfo Pérsico y controlar lo que hoy Estados Unidos no ha podido controlar. Todos se han negado a entrar a una guerra que no iniciaron y para la que no fueron consultados.
En su aislamiento, Trump ha llegado a pedirle ayuda a China, aliado de Irán y su principal comprador de petróleo. En días pasados condicionó incluso la cumbre con Xi Jinping a que Pekín ayudara a desbloquear Ormuz. Días después, la pospuso. Cuando el único interlocutor que te queda es el socio comercial de tu adversario, y ni siquiera con él logras sentarte a la mesa, la palabra que describe la operación no es estrategia.
Cuando Al Busaidi escribió que Estados Unidos había perdido el control de su política exterior, pudo parecer la declaración interesada de un aliado histórico de Irán. Las incongruencias narrativas, la descoordinación y la espiral de las últimas 48 horas le dan la razón.
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