Ayer, en el marco del Foro Económico Mundial en Davos, Donald Trump firmó el acta fundacional de su "Board of Peace", rodeado por un elenco que parece sacado de una distopía geopolítica: invitados como Vladimir Putin, el rey de las invasiones; Alexander Lukashenko, el eterno presidente de Bielorrusia que silencia disidencias; y Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que ha convertido la UE en un campo de minas para la democracia.

Bajo flashes y aplausos apagados, un singular grupo de cleptócratas y algunos jefes de Estado asistió sonriente como supuesto garante de un "nuevo orden pacífico". Es el extremo de la incongruencia: invocar la paz y la democracia con los mismos que la han dinamitado. Y es que lo que muchos piensan y pocos dicen—o pueden decir—fue lo que mantuvo tenso el ambiente en Davos. ¿Es Estados Unidos el nuevo enemigo?

“Todos en este salón son estrellas. Son las personas más grandes, las personas más importantes del mundo, las más poderosas. Es increíble estar con ustedes”, les dijo Trump a los 19 firmantes. Justo el día después en que Trump habría desdeñado a Europa —y Canadá— por no aceptarle “quedarse” con Groenlandia.

Considerando lo dicho y hecho por Trump en Davos y antes sobre Groenlandia —y antes sobre Ucrania o Canadá—

, las amenazas que pusieron a temblar al mundo contra un territorio que es parte de un país aliado no vinieron del Kremlin o China; no fueron Putin ni Xi quienes hicieron temblar la alianza atlántica en las últimas semanas. Ha sido Trump.

No fueron Rusia ni China quienes extorsionaron a Europa y aliados como Canadá hasta lograr lo que claramente es un rompimiento (como lo dijo el primer ministro de Canadá, Mark Carney: “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”). El tsunami viene desde la Casa Blanca. No fue desde la capital china o rusa, sino desde Washington, desde donde llegaron las burlas y coacción a los 54,000 groenlandeses. Y fue en Davos donde Trump se refirió a Groenlandia como un "pedazo de hielo.”

Es tiempo de repensar las alianzas y los valores. El discurso de Carney fue aplaudido por lo que dice textualmente, pero más por lo que dice entre líneas: Estados Unidos ya no es confiable, se aleja a pasos agigantados de la democracia y un país así ya no es más un país que pueda ser aliado. Estados Unidos es hoy el que amedrenta, el que intimida para conseguir lo que quiere. El que tiene afanes imperialistas y juega con la idea de dominación, no solo comercial sino también territorial. El que disfruta compartiendo un mapa en donde ha puesto la bandera estadounidense sobre Venezuela, Groenlandia e incluso Canadá.

El nuevo orden mundial, ese que se reconfigura a pasos agigantados y que Europa parece negarse a ver, es un orden que pone a Estados Unidos en otro plano de la ecuación. Y una vez que las aguas se calmen, que los ánimos se tranquilicen, veremos hasta dónde ese nuevo lugar que ocupe ese antiguo aliado sigue siendo del lado de los aliados o ha pasado irremediablemente al lado de los adversarios.

Esta deriva no es un accidente histórico, sino el clímax de una erosión que ha durado meses. Desde el "America First" de Trump, que disfrazaba el aislacionismo con bravatas, hasta las políticas de hoy que convierten la diplomacia en un reality show de extorsiones, Washington ha priorizado el ego de un hombre sobre los principios compartidos que, aún con sus falencias, forjaron el siglo XX.

No son las maniobras de Pekín en el Mar del Sur de China las que han forzado a la OTAN a cuestionar su propia cohesión; son las facturas impagables que Trump envía a sus antiguos aliados en pago por "protección". No son las sombras de Moscú las que han llevado a Ottawa a hablar de "rompimiento"; es el vecino del norte que, en lugar de tender puentes, erige muros invisibles de aranceles y amenazas.

Europa, en su negación cómoda, corre el riesgo de repetir el error de los años 30: apaciguar al matón en lugar de confrontarlo. Carney lo dejó claro y lo aplaudimos; líderes como Merz, Starmer y Macron deben decirlo también, en voz alta. Es hora de diversificar: fortalecer lazos con los verdaderos aliados. Este nuevo adversario no es invencible, pero ignorar su nuevo papel sería suicida. Si Estados Unidos elige el camino de la dominación solitaria, el mundo libre debe elegir el de la unión. No se trata de romper de tajo, sino de construir un nuevo orden mundial “mejor, más fuerte y más justo”

X: @solange_

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