En el año 410, Alarico, rey de los visigodos, saqueó Roma en uno de los momentos más definitorios de la historia del imperio. Por primera vez en ochocientos años, la ciudad caía ante un enemigo extranjero, y con ella caía el mito de una Roma invencible y eterna. Su poder y su influencia se desplomaron a un nivel que nadie había imaginado, incapaz de defender a sus protegidos, o siquiera el corazón de su propia capital.
El G7 de esta semana se reunió frente al final, todavía aparente, de una guerra que Washington inició el 28 de febrero con dos objetivos declarados: impedir que Irán desarrollara un arma nuclear y, en el relato de aquellos primeros días, derrocar al régimen de Teherán. En cambio, la Casa Blanca terminó felicitándose por la reapertura del Estrecho de Ormuz y por la promesa iraní de contener sus ambiciones nucleares.
El viernes, después de más de cien días, la mayor potencia militar del mundo firmará con Irán un marco para empezar a cerrar una guerra que no alcanzó ninguno de sus fines. La firma, sin embargo, sellará algo más grande: el punto de partida del derrumbe del poder estadounidense, de su influencia y de su papel como garante de seguridad. En Medio Oriente, y mucho más allá.
Lo que se firma no termina la guerra; abre un reloj de sesenta días para concluir la negociación. Y la cuenta arranca con lo que parece la medida más clara de quién ganó, escrita en la letra chica: el memorando (MOU) compromete a Washington a un fondo de 300 mil millones de dólares para atraer inversión a Irán, más de la mitad ya comprometido, según Reuters. El desenlace inesperado de esta guerra: Estados Unidos entró para quebrar la economía iraní y sale ayudando a reconstruirla, y a fortalecer a una Guardia Revolucionaria que en enero todavía absorbía la presión de las calles. Lejos de acorralar a Teherán, la Casa Blanca ha venido enviando una señal de desesperación por terminar el conflicto, y por reabrir el Estrecho de Ormuz, a cualquier precio.
El MOU es una trampa. Tres de sus temas, por lo menos, están escritos en el lenguaje del acuerdo cuando en realidad cada uno encubre una concesión.
En Ormuz, para conseguir la reapertura, Washington cede la administración futura del estrecho. Irán se compromete a poner "su mejor esfuerzo" en dejar pasar a los buques comerciales sin cobro durante sesenta días, y luego a abrir un diálogo con Omán sobre quién administrará el paso. Dos concesiones en un solo párrafo. El acuerdo reabre una vía que estuvo abierta hasta que empezó la guerra, y le da a Irán voz sobre la administración de un paso que, hasta la guerra, era libre para todos. El párrafo diez, además, afloja las sanciones a la industria petrolera iraní. Una recompensa, en los hechos, por reabrir un estrecho que el propio Irán cerró.
En lo nuclear, Irán reafirma, como ya lo hizo antes, que no adquirirá ni desarrollará armas nucleares, y las dos partes acuerdan resolver el destino del material enriquecido almacenado con un mecanismo y un calendario que se fijarán después. La reafirmación es la parte fácil. El documento no le exige a Irán entregar el material ni sacarlo del país. Deja la suerte del uranio enriquecido, y la forma de un futuro programa "civil", a una negociación que no ha empezado.
En el Líbano, el memorando declara terminada la guerra en todos los frentes y promete proteger la soberanía libanesa, con un acuerdo final que habrá de confirmarlo. Pero las firmas son la estadounidense y la iraní. El ejército que ocupa el sur del Líbano es israelí, e Israel no firmó nada. Más todavía: el párrafo despacha las preocupaciones israelíes por la amenaza de Hezbolá.
El memorando tiene respuesta para todo lo que la guerra abrió, y para los destrozos que dejó en el camino: el uranio, el estrecho, el Líbano. Cada respuesta entrega algo. Y lo que les daría fuerza, el cumplimiento, los plazos, el mecanismo mismo, se empuja más allá del reloj de los sesenta días.
Roma no cayó en el 410. Siguió de pie durante décadas, un imperio que ya no podía mantener al invasor lejos de sus puertas y que había dejado de fingir que podía. Lo que Alarico se llevó de verdad fue la creencia de que la ciudad no podía ser tomada. El MOU se lleva eso mismo. El poder estadounidense sobrevivirá a esta guerra igual que Roma sobrevivió a Alarico, pero la creencia que lo sostenía no: la de que la palabra de Washington era una garantía, la de que una base estadounidense significaba protección. Terminó con Washington firmando un memorando para que pudiera reabrirse un estrecho que, hasta esta guerra, nadie había necesitado jamás negociar.
X: @solange_
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