Mañana el mundo entero volteará a ver a México. Nuestros estadios. Nuestras calles. Nuestra comida. Nuestra música. Nuestra pasión.
Mañana millones de personas llegarán a este país para vivir el Mundial con la misma intensidad con la que nosotros vivimos el futbol: como identidad, como orgullo y como una forma de encontrarnos entre nosotros mismos. Porque si algo sabemos hacer los mexicanos, es sentir. Y cuando se trata de futbol, sentimos distinto.
Por noventa minutos desaparecen las clases sociales, las diferencias políticas, los apellidos y el dinero. Nos ponemos la misma camiseta verde, blanco y rojo con una devoción difícil de explicar. Nos abrazamos con desconocidos. Lloramos con personas que jamás hemos visto. Gritamos un gol como si se nos fuera la vida en ello. El futbol, en México, nos recuerda el país que podríamos ser. Y ojalá quienes vienen puedan conocer también esa parte de nosotros. Porque México es un país profundamente hermoso.
Lo verán en las playas del Caribe mexicano. En el azul imposible de Bacalar. En la majestuosidad de Chichén Itzá. En las calles de Guanajuato y San Miguel de Allende.
En la fuerza del desierto sonorense. En la selva chiapaneca. En Oaxaca y su cultura infinita. En los pueblos mágicos.
En nuestra comida. En nuestra hospitalidad. En la manera en la que este país siempre encuentra una forma de abrirle la puerta a quien llega.
México tiene algunos de los paisajes más bellos del mundo, pero también una de las resiliencias más dolorosas. Porque detrás del país que recibirán mañana existe otro México que millones de personas viven todos los días.
El México de las madres buscadoras que recorren desiertos buscando restos humanos. El de niñas y niños que crecen entre violencia.
El de adolescentes reclutados por el crimen organizado. El de familias desplazadas por el miedo.
El de periodistas asesinados. El de comunidades enteras atrapadas entre el silencio y la violencia.
Y sí, también el de un país que se convirtió en uno de los principales destinos de turismo sexual infantil. Una realidad brutal sostenida muchas veces por extranjeros que vienen creyendo que en México todo se puede comprar. Incluso nuestros niños.
No. Nuestros niños no son consumo.
Nuestras mujeres no son mercancía. Nuestro dolor no es folclor. Y nuestra violencia no es entretenimiento. Tampoco lo son las drogas. Porque detrás de muchas de las drogas que se consumen en fiestas, hoteles o destinos turísticos hay sangre mexicana. Hay desapariciones, extorsiones, reclutamiento forzado, corrupción y familias destruidas.
La violencia en México no nació sola. También se alimenta de quienes vienen a consumirla. Por eso esta columna no es solamente una bienvenida. Es una petición.
Vengan a México a enamorarse de este país. A conocer su historia. A respetar su cultura. A celebrar con nosotros. A vivir el futbol con la misma pasión con la que lo vivimos nosotros.
Pero no vengan a aprovecharse de nuestras heridas. Porque mientras ustedes vienen a conocer México, millones de mexicanos estamos intentando reconstruirlo.
Todos los días. Mañana el mundo verá a México. Ojalá también pueda entenderlo.
Presidenta de Reinserta. @saskianino
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