Recuerdo que en mayo de 2014, The Economist —la gran revista inglesa— con honestidad intelectual confesaba: “En teoría los salarios mínimos atentan contra el trabajo (job killers): The Economist se opuso a la introducción del salario mínimo en el Reino Unido en 1999 por estos motivos. En la práctica, el panorama no es tan claro. Nadie que haya estudiado los efectos del salario mínimo piensa que se ha elevado el desempleo…. The Economist ha cambiado de opinión. Un colega que estudió la evidencia más reciente sobre el empleo encontró que algunos opositores anteriormente implacables de los salarios mínimos, han suavizado su postura frente al tema, y que el FMI y la OCDE estiman que pueden tener más beneficios que daños”.

Recientemente (noviembre de 2025) sin embargo, la misma revista, asimilando una difusa pero persistente oposición, mudó de opinión: “en muchas partes, la política de ascenso del salario mínimo ocurrió alrededor del cambio de milenio, al sostener que los pisos salariales no destruían empleos como antes se temía, una conclusión que la experiencia de las últimas dos décadas parecía confirmar… los académicos empiezan a dudar. Un conjunto creciente de investigaciones sugiere que distorsionan la economía de maneras que no se reflejan de inmediato en las cifras de empleo… la preocupación es que el efecto sobre el empleo tarda en aparecer”.

Predicciones y preocupaciones similares circulan en México. En eso de los aumentos a los mínimos, “se nos pasó la mano” dicen consultores, algunos empresarios y los obstinados economistas de siempre. Y si uno desconoce la realidad (de donde venimos) en México, nuestros aumentos parecen barrer todo récord: incremento acumulado de 154 por ciento real, en 8 años.

Pero hagamos memoria. Los mínimos mexicanos se estancaron —por decreto— durante más de treinta años y eso nos condujo al sótano mundial. La actualización del argumento en contra, es que el efecto negativo de los aumentos en los mínimos “es retardado”. Para demostrarlo no tienen más que presentar lo evidente: economía estancada, una inflación un poco arriba de las metas y destrucción de empresas y de empleos netos al comenzar este año.

Las tasas de interés son muy altas: ¿no se explica mejor por la necesidad de retener capitales haciendo atractivo invertir en pesos ante el nerviosismo y el montón de dudas que plantea la política económica del obradorismo? Y el bajísimo crecimiento económico ¿no se debe más bien a la caída de la inversión pública y privada, que ha llegado a mínimos nunca vistos?

Achacarle esos males al alza del salario mínimo es una forma de mirar para otro lado. Por supuesto que el alza salarial “no fue gratis”, exigió un replanteamiento organizativo al interior de las empresas y, sobre todo, un movimiento redistributivo: una parte algo mayor de la riqueza generada para los trabajadores, hecho perfectamente posible y justo, porque no había ocurrido en 35 años.

Me resulta paradójico que en el nombre de una supuesta “sabiduría técnica” se critique precisamente a la única de las medidas económicas de López Obrador que han sido correctas y dentro de lo que cabe, bien implementadas. Lo criticable es la enfermiza subinversión del gobierno, la austeridad maniática, la loca y clientelar entrega de dinero líquido a millones o la timorata evasión a una reforma fiscal urgente. Ese es el pleito real, no los salarios mínimos, no el ingreso de los trabajadores mexicanos. Acordemos que el aumento salarial —más que cualquier otro programa social— ha sido el instrumento más eficaz para sacar de la pobreza a millones de compatriotas, sobre todo, mujeres. Y todavía falta por hacer.

Economista. @Chertorivski

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