El presidente López Obrador , cuando candidato, prometió erradicar la corrupción. Antes que él, diez presidentes habían prometido lo mismo, sin que nadie sensato les creyera.

A López Obrador le creímos los electores por su biografía, la de un hombre que había llevado una vida austera , y porque siendo funcionario había sido un traidor a la clase política . Señalaba su corrupción un día sí y otro también.

Ya presidente, López Obrador no ha dedicado su energía a la promesa de erradicar la corrupción. No ha perseguido a la del pasado y tampoco ha establecido controles a la ambición de sus propios funcionarios.

Lo escribía acá hace medio año: el Presidente prometió barrer la escalera de arriba abajo, pero nunca ha tomado en las manos la escoba.

El por qué lo sabe solo él. Nunca lo ha apalabrado. ¿La estrategia ha sido priorizar su primera promesa: revertir el modelo neoliberal ? Parece ser el caso.

De cualquier forma, siendo así, no es raro que la corrupción haya germinado en su administración, como en cualquier otra del pasado. Y siendo así, tampoco es raro que el periodismo haya dado ya para estas fechas con una docena de casos de corrupción —o posible corrupción— entre sus funcionarios.

La Derecha ovaciona los hallazgos, como triunfos sobre la 4T , y nos invita a espectáculos de hipocresía suprema, como la de un mitin en internet donde Javier Lozano , el secretario calderonista que trocó la cabeza de Carmen Aristegui por una concesión de TV para sus empleadores, nos alecciona sobre la probidad y la decencia. O tontos útiles se declaran indignados por la corrupción, lado a lado a los funcionarios más corruptos de otros sexenios.

¿Cuál es la oferta tácita de la Derecha? Tumbemos a la 4T porque son corruptos, para que volvamos nosotros, que lo fuimos sobremanera.

No, no es aconsejable caer en la polarización. La corrupción nada tiene que ver con un proyecto de Izquierda –o incluso con un proyecto neoliberal. Y permitirla es un error de gobierno, sea cual sea su signo ideológico. Una veleidad. Una debilidad moral.

Luego entonces, es absurdo defender la corrupción para apoyar el proyecto de mayor igualdad entre el 99% y el 1% de la población. No tiene ni pies ni cabeza hacerlo.

En tiempos más serenos, ante el embate de la Derecha, probablemente el presidente López Obrador repensaría la oportunidad de combatir la corrupción y no seguir poniendo a un lado esa promesa.

Pero no es claro que lo hará, en estos tiempos estridentes. Más bien parece que asumirá la estrategia de la Derecha de confundir el agua con el aceite, el proyecto de país con la corrupción. Si la Derecha utiliza la corrupción endémica para atacar al proyecto económico de la Izquierda, el Presidente dirá que quien ataca a la Izquierda por el flanco de la corrupción, es un conservador.

Una lástima. México sí requiere extirpar de su tejido social el cáncer de la corrupción. Ningún modelo económico puede avanzar de forma recta cuando la corrupción de continuo lo desvía a los intereses oportunistas de sus operadores. Seguro: una mejor distribución de la riqueza es la prioridad, pero la persistencia de la corrupción de siempre no tendría por qué ser la cuota anexa.

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