Los gobiernos populistas, con su retórica divisiva y políticas de gasto desmedido, desafían la pluralidad y la estabilidad democrática comprando su popularidad. Sin embargo, su capacidad para mantener el apoyo ciudadano y, por ende, el poder, se ve comprometida ante la realidad de sus finanzas públicas y la economía nacional. En México, las indeseables tensiones económicas emergentes podrían ser un inesperado factor en la defensa de la democracia.
El populismo guinda se sustenta en políticas fiscales expansivas: aumentar el gasto público en programas clientelares y subsidios; después, sobre ese cimiento transaccional con el electorado, cualquier torpeza o escándalo es perdonable. Esta estrategia, atractiva a corto plazo y viable cuando en 2018 se recibieron de un gobierno priista abundantes reservas financieras, genera en el pasar de los años (y ya pasaron 6 y medio años) desequilibrios macroeconómicos como deuda, inflación y devaluación, algo que ya estamos viendo.
El gobierno federal en turno requiere del gasto “social” para mantener su base de apoyo y necesita de inversiones faraónicas para mantener abierto el monedero con el que teje alianzas con ciertos poderes fácticos al tiempo de crear la nueva burguesía morenista de empresarios al vapor. Sin embargo, la economía ha crecido menos que antes, el futuro comercial es incierto y la salud y educación (de la inseguridad ni hablemos) muestran deficiencias serias, lo que inevitablemente va a erosionar la “popularidad/legitimidad” del régimen morenista.
Así que digámoslo con todas sus letras: la recesión económica en ciernes limitará la capacidad del gobierno populista para usar el gasto como herramienta de control sobre la sociedad y la expansión mecánica de su poder. El margen fiscal tan limitado y el estancamiento productivo podría llevar a ajustes que afecten su modelo político.
Si el populismo y el autoritarismo blando son legítimos mientras les dura la cartera, la recesión económica puede ser un factor en la ecuación democrática al limitar la capacidad guinda para erosionar la pluralidad y las instituciones de forma irreversible. No olvidemos que el empuje democrático de 1988 se hizo incontenible después de las crisis endémicas de los años 80 y la incapacidad gubernamental ante los trágicos sismos de 1985 en la Ciudad de México. Lo mismo la transición presidencial del 2000, que puede trazar sus raíces al error de diciembre de 1994.
Mientras la democracia puede mantenerse legítima y popular a partir de valores y principios, el autoritarismo y el populismo requieren de transferencias monetarias masivas. Este 2025 es un año de errores y desinformación oficial ante el terremoto de la violencia y los desaparecidos del crimen organizado, a lo que se suma una economía que cascabelea, así que saquemos las cuentas.
Las condiciones en el bolsillo familiar pueden generar un despertar ciudadano ante la creciente corrupción, la torpeza administrativa de un gobierno pseudo-tecnocrático y las malas decisiones macroeconómicas. Por ejemplo, los jóvenes, una vez pasada la época de recibir una beca, despertarán a la realidad de un gobierno que los quiere en la pobreza y la dependencia. Este despertar puede impulsar la participación ciudadana y el activismo social, rescatando la democracia mexicana justo cuando todo parecía perdido para la pluralidad.
Balzac decía que en las crisis el corazón se rompe o se curte, la democracia mexicana en la crisis del 2025 puede romperse o renacer con nuevas lecciones aprendidas. No desperdiciemos la coyuntura, hagámonos sentir y escuchar.
Diputado federal