Hace unos días, desde la mañanera se afirmó que el gobierno de Morena “no es Santa Anna”, en alusión a Antonio López de Santa Anna, quizá el personaje más desacreditado de nuestra historia republicana. La frase buscaba marcar distancia del pasado. Sin embargo, al observar con serenidad histórica el presente, la comparación resulta menos distante de lo que parece. No porque estemos ante una repetición literal, sino porque reaparece un mismo patrón político profundamente mexicano: el caudillo popular, el poder personal que sustituye a las instituciones y la mansedumbre frente al coloso del norte.

Santa Anna fue hijo de su época: carismático, populista, oscilante entre la épica y la claudicación. Gobernó, y dejó gobernar, desde el retiro de su hacienda de Manga de Clavo, mientras la República se debilitaba. Perdió guerras, territorios y prestigio internacional. Llegó al extremo de organizar funerales de Estado para su propia pierna amputada, como si el ritual pudiera ocultar el fracaso.

Dos siglos después, México convive de nuevo con un caudillo que, aun sin ocupar formalmente el cargo, sigue marcando el pulso del poder desde el retiro tropical. El caudillo de Morena gobierna hoy, simbólica y políticamente, desde Palenque con libros grandilocuentes y la insistencia confesional que él está retirado. Cambió el escenario desde la Hacienda hasta el Rancho, pero la lógica persiste: el país gravita alrededor de una sola voluntad ideológica.

El saldo ya no se mide en territorios perdidos, sino en oportunidades dilapidadas y recursos enterrados. Obras como la Refinería Dos Bocas, el Tren Maya, el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec o el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles comparten un sello común: sobrecostos, opacidad y gravosos subsidios, compensados con narrativa grandilocuente. Santa Anna enterró una pierna con honores; el régimen actual entierra miles de millones de pesos en proyectos que buscan pasar a la historia antes de demostrar utilidad.

A este caudillismo interno se suma otro rasgo histórico inquietante: la mansedumbre frente al coloso del Norte. No la diplomacia firme entre vecinos desiguales, sino la docilidad práctica disfrazada de prudencia. Santa Anna alternó bravatas con concesiones, y México pagó el precio. Hoy, sin invasiones ni tratados humillantes, se repite el patrón en clave contemporánea.

En materia de agua, México enfrenta presiones crecientes en cuencas compartidas mientras atraviesa una crisis hídrica severa. La relación con Estados Unidos se gestiona con improvisación y silencio, como si la seguridad hídrica fuera un asunto menor y no un tema estratégico. Ante el coloso, se cede y se administra el conflicto hacia adentro. México responde aceptando tareas de contención: fronteras militarizadas, detenciones migratorias sin articular una agenda propia de seguridad regional. Se coopera desde la urgencia, no desde la soberanía.

Por eso, cuando se afirma que “no son Santa Anna”, conviene precisar: quizá no lo sean en la forma, pero sí en la herencia política. Caudillismo interno y debilidad externa suelen caminar juntos. Un poder que no admite contrapesos en casa, rara vez construye respeto fuera. México ya conoce ese desenlace.

Y queda la línea de paralelismo final. A Santa Anna, patéticamente, lo capturaron mientras descansaba tras la batalla de San Jacinto. Confiado en su propio mito, al caudillo lo sorprendió la historia cuando bajó la guardia. A la llamada 4T no la han capturado ejércitos extranjeros, pero sí ha caído mientras dormía en seguridad y economía.

Senador por Yucatán

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