Hay un dato del presupuesto de 2026 que obliga a revisar uno de los grandes mitos del neo-nacionalismo económico mexicano de la 4T: Pemex se quedaría con 81% de la renta petrolera y la Federación apenas con 19%, la menor proporción histórica. Hoy el “oro negro” sirve cada vez menos para fortalecer a México y cada vez más para sostener a la propia Pemex.
La promesa histórica que nos ha llevado a ese sinsentido fue sencilla: si el petróleo era de la Nación y el Estado lo controlaba, entonces financiaría escuelas, hospitales, infraestructura y crecimiento. Esa idea tuvo enorme fuerza desde 1938. El problema no está en su carga simbólica, sino en sus resultados.
México ya tuvo una gran advertencia entre 1977 y 1979. Tras la crisis de 1976, el gobierno reorganizó expectativas, gasto y deuda alrededor del petróleo. La historia terminó mal: el auge petrolero de fines de los setenta desembocó en la crisis de 1982. La lección era clara: el petróleo puede ayudar, pero no sustituye instituciones sólidas, disciplina fiscal ni una economía diversificada.
Lo preocupante es que esa lógica regresó con Morena en el gobierno. Pemex dejó de ser sólo una empresa productiva del Estado y se volvió también caja fiscal, símbolo ideológico y espacio de rescates recurrentes. Para 2026, los apoyos a Pemex llegarán a 263.4 mil millones de pesos. El costo financiero de la deuda pública subirá a 4.1% del PIB, el mayor nivel desde 1991. Y al mismo tiempo, educación se mantendría en 2.9% del PIB y salud en 2.5%, ambos con menor gasto real que en años previos.
Por eso conviene mirar afuera. Noruega suele citarse porque hizo exactamente lo que México no hizo: separar la renta petrolera de la ansiedad política de corto plazo. El Estado participa, sí, pero los ingresos del petróleo se canalizan al fondo soberano y se administran con reglas fiscales de largo plazo, pensando en las siguientes generaciones.
Brasil ofrece una lección distinta. Petrobras mostró que una petrolera estatal puede desarrollar gran capacidad técnica y operar a gran escala. Pero también dejó claro que, cuando la política invade la gestión empresarial, el riesgo de corrupción y captura crece enormemente.
Y Venezuela enseña el extremo del fracaso. Tener enormes reservas petroleras no evitó el colapso; al contrario, el petróleo se volvió dogma, dependencia y sustituto de una economía real. Cuando un país pone toda su fe en la renta petrolera y descuida instituciones, inversión y diversificación, el recurso deja de ser palanca y se vuelve trampa.
La celebración de nuestra Expropiación Petrolera de Marzo de 1938 se actualiza reflexionando: Hoy el problema no es sólo quién es dueño del petróleo, sino cómo se gobierna esa riqueza. México sigue discutiendo a Pemex como símbolo, cuando tendría que evaluarlo como instrumento. Y un instrumento público se juzga por sus resultados.
Si una parte creciente del esfuerzo fiscal termina en rescates, si la deuda gana espacio frente a la educación y la salud, y si la renta petrolera sirve cada vez más para sostener a la empresa en lugar de expandir las capacidades del país, entonces conviene admitirlo: el monopolio petrolero estatal, tal como hoy funciona, ya no está operando como palanca del desarrollo mexicano.
La conversación seria este 18 de marzo no es si el petróleo debe ser “entregado” o “defendido” en términos propagandísticos. La conversación seria es cómo lograr que los hidrocarburos vuelvan a servir a México, y no que México siga reorganizando sus prioridades para servir a Pemex.
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