Las democracias no sobreviven únicamente porque los gobiernos en turno fracasan y la alternancia se hace inevitable en la ruina. Sobreviven porque siempre existe alguien dispuesto a construir una alternativa que capture la imaginación ciudadana. Esa parece una afirmación evidente, pero la historia demuestra que generalmente ocurre lo contrario en las democracias nacientes o atrapadas en serias crisis de legitimidad. La mexicana, la nuestra, clasifica en ambas categorías.
Muchos regímenes autoritarios o hegemónicos han permanecido durante décadas en el poder, más de lo que la racionalidad sobre los límites del buen gobierno indicaría, no porque fueran particularmente eficaces en la represión o la propaganda, sino porque la oposición nunca logró convertirse en una opción creíble de gobierno. El desgaste del poder, por sí solo, casi nunca produce la alternancia. La decepción no construye esperanza. Para que alguien pueda perder, primero debe existir alguien capaz de ganar. Esa es una responsabilidad enorme para quienes hoy ejercemos la oposición: mantener la capacidad de ganar.
Es relativamente sencillo señalar errores. Es de lógica elemental contabilizar fracasos en seguridad, salud, educación o crecimiento económico. Lo verdaderamente difícil es construir un proyecto capaz de despertar confianza antes de que el descontento se desboque y devore a todo el sistema político e institucional. La política responsable no espera el colapso del adversario; trabaja para merecer la confianza de los ciudadanos.
Con frecuencia se piensa que las oposiciones crecen automáticamente cuando los gobiernos se desgastan. La evidencia comparada demuestra lo contrario. Juan Linz advertía que muchas democracias terminan debilitándose porque el gobierno pierde legitimidad al mismo tiempo que la oposición carece de credibilidad. Cuando eso ocurre, la ciudadanía deja de creer en unos y en otros. La consecuencia no suele ser una mejor democracia, sino más polarización, más populismo o mayores tentaciones autoritarias. Esa sombra se cierne sobre México, hay que decirlo.
Por eso resulta valioso que existan espacios donde las propuestas se discutan antes de las campañas. Porque los partidos políticos cumplen una función mucho más importante que competir por cargos públicos. Giovanni Sartori recordaba que su verdadera misión consiste en estructurar opciones de gobierno y ofrecer programas capaces de organizar el debate democrático. Una oposición que solo protesta renuncia a esa responsabilidad. Una oposición que estudia, escucha y propone empieza a convertirse en alternativa, así parezca árido el primer tramo del camino.
Con ese espíritu, el PRI ha decidido convocar a especialistas, académicos, organizaciones civiles y ciudadanos al Foro Nacional de Seguridad y Paz. No se trata únicamente de organizar foros, sino de asumir una obligación democrática: construir respuestas antes que consignas, escuchar antes que imponer y ofrecer un rumbo antes que pedir un voto. Suena complicado, pero alguien tiene que hacerlo.
Porque el país necesita mucho más que un cambio de gobierno. Necesita recuperar la confianza en que existen alternativas serias. Las democracias no se fortalecen cuando una opción política fracasa. Se fortalecen cuando otra demuestra que está preparada para hacerlo mejor.
Al final, esa es la tarea más difícil y, al mismo tiempo, la más noble de toda oposición democrática: no esperar que el futuro llegue por el desgaste del poder, sino construirlo con ideas, trabajo y esperanza, porque toda democracia debe ser optimista.
Senador de la República por Yucatán

