La medición de la pobreza permite relevarla en la agenda pública. La pobreza es una realidad inaceptable, que debe ser prioridad nacional y requiere atención permanente. Al mismo tiempo, genera tanta polémica que dificulta comprender el significado preciso de las cifras presentadas por Inegi hace unos días.
El ruido se incrementa por opiniones basadas en posiciones políticas, alejadas de los datos, y también por “análisis” que reflejan desconocimiento sobre qué y cómo se mide. Además, “pobreza” es una palabra con mucha carga emocional y cada quien tiene su propia noción... que pocas veces coincide con la definición oficial (establecida por Coneval).
Conviene aclarar que la pobreza es una realidad grave, es una condición de privación de lo más básico para sobrevivir. Por tanto, es una unidad de medida, una “vara” muy baja. Se equivocan quienes piensan que “salir de la pobreza” es pasar a la “clase media”. Para nada, en todo caso pasan a “sobrevivencia”.
Los datos de la medición 2024 muestran que quienes salieron de la pobreza pasaron a ser vulnerables por carencias. Mejoraron su ingreso (por muy poco) sin mejorar sus accesos mínimos a derechos sociales.
Técnicamente la pobreza como unidad de medida consiste en carecer de ingreso suficiente para lo más básico y además tener al menos una de seis carencias sociales.
La canasta básica que fija el monto de ingreso así como las carencias son mediciones muy bajas, miden el “piso”, no el ideal o el “medio”. Por ejemplo, rezago educativo no mide calidad educativa, sino grado de escolaridad; carencia de servicios de salud no mide si te atendieron en el servicio y fue una atención oportuna y eficaz. Superar la línea de pobreza o las carencias para nada significa ejercer el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda digna o tener ingreso suficiente. La carencia sólo mide la certeza de lo contrario: no poder ejercer esos derechos.
Habrá quien quiera descalificar la medición como si fuera errónea por medir “tan bajo”. Primero hay que aclarar que estas definiciones provienen del Coneval, desde el inicio, no son producto del Inegi. En México y en todo el mundo, la pobreza es una medición de mínimos. El problema no es medir mínimos, sino la percepción de que superarlos permite vivir dignamente. O peor aún festinar que “solo” 38.5 millones de personas vivan en pobreza.
Entender la “unidad de medición” es crucial. En 1999, una sonda de la NASA se estrelló en Marte debido a un malentendido que parece trivial pero resultó crucial: un equipo medía en newtons, el otro en libras. Esta catástrofe real que costó 125 millones de dólares, es la metáfora perfecta de cómo la definición sobre la unidad de medida no es un tecnicismo, sino un acto que determina el éxito o fracaso y define la realidad.
Si además una percepción errónea se combina con explicaciones equivocadas, la confusión es mayor. Los recientes datos del Inegi muestran lo que urge cambiar y corregir, por ejemplo, la asignación de los programas de transferencias que excluyen a la mayor parte de los hogares que más lo necesitan (10 millones de hogares, 65% de los 4 deciles más bajos).
Considerar que son programas “universales” con este nivel de exclusión es absurdo. Atribuirles la reducción de la pobreza es un despropósito, pues los datos dicen otra cosa: La pobreza se redujo por el incremento del ingreso laboral. El impacto de los programas en la pobreza es mínimo (1.3 puntos porcentuales) y en la pobreza extrema es nulo (0.2 puntos). Urge corregir la asignación para que las transferencias lleguen a quienes más lo necesitan.
Consultor internacional en programas sociales. @rghermosillo