Tucídides, el historiador y militar griego, en su Historia de la guerra del Peloponeso, narra que el poder del mar es motor de cambio. En el Libro I, describe cómo los corintios, al construir naves modernas y convertir su ciudad en un emporio comercial, transformaron la historia de Grecia.
Para él, no hay gran guerra sin acumulación de capital previo, y ese capital nace del comercio marítimo. El mar, más que agua, es riqueza y poder. Además, muestra cómo una ruta comercial periférica se convierte en detonante de una guerra entre potencias.
La causa verdadera de la guerra, según Tucídides, no estaba en las palabras ni en las quejas formales, sino en el temor de que, por ejemplo, los atenienses inspirasen a los espartanos al hacerse poderosos. Esto queda perfectamente demostrado ahora, con lo que ocurre en el estrecho de Ormuz.
Lo que pareciera una disputa por un paso marítimo es, en realidad, la pugna por el poder global, ya que esa franja que conecta el golfo Pérsico con el océano Índico se convirtió en el epicentro de la tensión mundial, luego del ultimátum que Estados Unidos impuso a Irán para reabrirlo, con la amenaza de bombardear sus centrales eléctricas si no cede.
El ultimátum de Washington a Irán insta a abrir completamente el estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas, lo cual no es solo un reclamo de libre tránsito, sino la expresión de una pugna por mantener la hegemonía. La amenaza no es menor, ya que por ese paso circula cerca del 20 por ciento del petróleo mundial. Su cierre a embarcaciones estadounidenses, israelíes y de aliados ha disparado los precios internacionales del crudo y encendió alarmas en todos los rincones del orbe.
También hubo respuesta internacional por parte de un bloque de países integrado por Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, Japón, Canadá, Emiratos Árabes Unidos, Corea del Sur y Australia, entre otros, respecto de las acciones iraníes hacia barcos mercantes, hablando incluso de escoltas navales. La historia vuelve a repetirse: las rutas comerciales convertidas en campos de batalla.
En ese contexto, el petróleo vuelve a ser el termómetro de la incertidumbre global. Los precios han aumentado rápidamente. La especulación financiera se activa, los mercados reaccionan y, como siempre, los costos terminan trasladándose a la vida cotidiana de millones de personas.
Eso que ocurre a miles de kilómetros también repercute directamente en nuestro país. El precio de la mezcla mexicana de exportación alcanzó casi 96 dólares por barril, mientras el Brent internacional superó los 110.
Aquí es donde se demuestra la importancia de lo construido por los gobiernos de la Cuarta Transformación y de la visión del otrora presidente Andrés Manuel López Obrador de fortalecer el tema del petróleo, toda vez que durante el periodo neoliberal la política energética estuvo subordinada a intereses externos y a la lógica privatizadora.
Pero hoy, gracias a la recuperación de empresas públicas como Pemex y de la CFE, a la construcción de nueva infraestructura de refinación y a la modernización del sistema eléctrico, México cuenta con herramientas para enfrentar los vaivenes internacionales. No somos inmunes, pero tampoco estamos en la indefensión.
El ultimátum es también un recordatorio de cómo las decisiones de política exterior de las grandes potencias impactan la economía global. Si bien México está dentro de esa dinámica, ahora existe una diferencia sustancial: cuenta con un gobierno y con una jefa de Estado que decidieron poner al pueblo en el centro.
Frente a este escenario, la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara. Se reactivaron mecanismos como el IEPS, para amortiguar el impacto en los combustibles; se aplican medidas para contener la inflación, y se reforzó la estrategia de soberanía energética.
Esto es más que una reacción ante la crisis, son acciones puntuales para que las familias mexicanas no paguen las consecuencias de conflictos que no provocaron. Esa es la diferencia entre un modelo que deja todo al mercado y otro que asume la responsabilidad de proteger al pueblo.
México sigue manteniendo una postura responsable: hacia el exterior, firme en el llamado a la paz y a la diplomacia; hacia el interior, fortaleciendo su capacidad para resistir cada embate. Esa doble estrategia es resultado de una política que entiende al mundo, pero que prioriza al pueblo.
Hoy queda claro que la soberanía energética es también soberanía política, que la paz en el mundo tiene eco en la vida de millones de personas y que cada tensión global es una prueba de la fortaleza interna de las naciones.
México decidió no ser un espectador pasivo, sino prepararse, resistir y avanzar. Y mientras otros apuestan por la confrontación, aquí se opta por la estabilidad que, en tiempos de incertidumbre, también es una forma de soberanía.
Coordinador de los diputados de Morena
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