Ver al actor Emilio Echevarría caracterizado de vagabundo cuando nos encontramos en el Sanborns de Coyoacán me sorprendió, sin embargo entendí de inmediato que su profesionalismo y entrega a la actuación era realmente manifiesta. Platicamos con mucho entusiasmo, naturalmente me dijo que le era imposible interpretar al chino de “La historia según Pao Cheng” para el documental que preparaba yo sobre Salvador Elizondo debido a que empezaría pronto a filmar una película con González Iñárritu. Me contó que su personaje se cortaría el pelo y las uñas mugrosas frente a la cámara en una escena. Me pidió que sí podía yo prestarle algunas fotos de vagabundos que hubiera fotografiado como referencia para inspirarse. Me acordé que había tomado fotos en Tepito, en 1974, de un vagabundo con su perro; algunos días después le llevé varias fotos a su casa, entre ellas la del vagabundo en Tepito que hoy publico.
Decidí, platicando con Salvador, que en realidad es imposible interpretar con actores la literatura, son lenguajes muy diferentes, por lo que cancelé mi idea y narré el programa titulado Ida y vuelta, con la voz del propio escritor sin representación alguna de sus textos.
La película Amores perros catapultó a Emilio Echevarría a la fama y fue reconocido tanto nacional e internacionalmente como un gran actor.
Para mí, la actuación de Emilio en dicha película como vagabundo es magnífica, el personaje es un matón trinquetero que va por las calles de la ciudad con sus perros, por lo que la escena final, donde el personaje de Emilio llora en la recámara de su hija para dejarle, a escondidas, un montón de dinero mal habido, es una escena cursi e inútil, falsa y sale sobrando.
Pienso que tanto Amores perros como Y tu mamá también, dos exitosísimas películas mexicanas que llevaron a la fama a muchos actores mexicanos, fallan por un final melodramático que no viene al caso: en Y tu mamá también, dos jóvenes se van de aventuras por México con una españolita, muy guapa, mucho mayor que ellos, se divierten y echan relajo y al final resulta que la mujer que viajó con los jóvenes padecía de un cáncer terminal. Para mí, la historia en ese punto se me viene abajo, pues pienso que una mujer con cáncer terminal no se comporta con esa frivolidad porque, físicamente, es sabido, los enfermos con un cáncer terminal se sienten muy mal. En Amores perros, la escena final del sicario-vagabundo, situada en la recámara de su hija para dejarle un recado grabado en su teléfono, sobra, es cursi y falsamente dramática; me hubiera gustado más que solo le dejara el dinero a su hija en la puerta de su casa en un sobre con una carta para luego verlo desaparecer en la ciudad empujando su carrito de tiliches con su perro.
Emilio mismo me lo confirmó unos días después de su partida al viaje sin retorno el 4 de enero de este año, cuando pasaron por el Canal Once una entrevista que en vida le hicieron: Cuenta Emilio que la escena final, a la que me referí, tuvo que repetirla hasta 26 veces sin lograrlo, hasta el día siguiente cuando volvieron a intentarlo; la escena final desvirtúa, para mí, la fuerza que transmite durante toda la película el personaje porque lo convierte finalmente en un sentimentalista cursi y llorón.
En dicha entrevista, Emilio nos cuenta su experiencia como actor y cómo llegó a ella a pesar de todo. Y afirma que el germen de su vocación nació en su niñez viendo en televisión a actores como Ángel Garasa y películas del cine mexicano.
(Coyoacán, 3 de abril de 2025)