Este 8 de marzo marcharé por y con mis hijas, también lo haré por mi madre que por su edad no puede hacerlo y por todas mis ancestras. Celebraré los logros alcanzados generación tras generación y pediré justicia por las mujeres que nunca la conocieron.

Le pediré a mi marido que explore junto al bebé nuevas masculinidades, para continuar, desde nuestra casa, la lucha por la igualdad sustantiva. Lo haré para terminar con ese modelo misógino y patriarcal que tanto ha lastimado a las mujeres.

Y es que ninguna mujer y ninguna niña deberían vivir el horror de la violencia, la crueldad de la discriminación y la cosificación de su cuerpo, de su alma y de su ser.

Marcharé paso a paso, tocando la tierra y arraigándome en ella; con la confianza y la certeza de que este mundo nos pertenece a todas, me es propio.

Ese marzo de 1857 cuando las trabajadoras de una fábrica textil en Nueva York salieron a la calle para protestar por las duras, injusta y dispares condiciones de trabajo significó un parteaguas. Las mujeres trabajadoras eran el rostro de la precariedad dentro de la pobreza, eran simplemente mano de obra barata y eran la expresión viva de la desigualdad.

En 1910 tuvo lugar el segundo encuentro Internacional Socialista de Mujeres, en Copenhague, Dinamarca, donde se propuso fijar un día simbólico en torno al 8 de marzo. Año donde las mujeres en México iniciaban la Tercera Transformación de la República, a pesar de que eran invisibilizadas y discriminadas, estaban en pie de lucha.

Oficialmente la Organización de las Naciones Unidas (ONU) desde 1977, reconoció el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, cuyo propósito es reflexionar sobre la importancia de garantizar los derechos de las mujeres, así como reconocer su participación en todos los ámbitos de la vida social, económica, política y cultural.

En este marco es fundamental visibilizar también la situación de las mujeres con discapacidad, indígenas en situación de pobreza, jefas de familia y a todas aquellas en circunstancias de vulnerabilidad a fin de corregir las muchas desigualdades y violencias que enfrentan.

Es un día para renovar nuestro compromiso por el empoderamiento de las mujeres y trabajar con ellas desde la niñez para que alcancen su autonomía a efecto de que estén en posibilidad de tomar decisiones libres e informadas sobre sus vidas. La igualdad y el ejercicio pleno de los derechos humanos de las mujeres tiene como condición la autonomía de las mujeres tanto en la vida privada como pública.

El avance democrático solo es posible con la participación y la incorporación de las mujeres, lo que significa fortalecer la titularidad de sus derechos económicos, sociales y culturales e impulsar su progresividad. De ahí que, tal y como lo propone la Cepal, se requiere un cambio estructural para alcanzar la igualdad, lo que implica una relación dialéctica entre crecimiento e igualdad, así como una nueva ecuación entre Estado, mercado y sociedad.

Debemos continuar impulsando nuevos pactos sociales que transformen la vida de las mujeres, fortalecer las políticas de Estado y programas con perspectiva de género y enfoque interseccional impulsados por el gobierno federal, así como los que están dirigidos específicamente a las mujeres como, por ejemplo, la Pensión Mujeres Bienestar, la Línea de las Mujeres 079 contra la violencia, refugios especializados, y Centros de Justicia para las Mujeres, los cuales en su conjunto han sido fundamentales para mejorar su calidad de vida y desarrollo inclusivo.

En México las mujeres llegamos a la Presidencia de la República con la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, y desde este punto de partida tenemos un futuro esperanzador. Marchemos juntas este 8 de marzo.

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