Por Stephanie Henaro

Las dictaduras no caen por moral: caen cuando el fusil cambia de dueño.

Apuntes desde Café Colón.

A las cuatro y pico de la madrugada, Caracas no despierta: se sobresalta. Un zumbido que no es dron doméstico, una vibración que no es fiesta, y luego la palabra que siempre llega tarde: “capturado”. Donald Trump asegura que Nicolás Maduro y Cilia Flores están en manos de Estados Unidos, “en proceso de ser removidos del país”. Y, como si la soberanía fuera un inmueble embargable, remata: Washington “dirigirá” Venezuela hasta que haya una “transición segura”. 

Aquí empieza el dilema moral de América Latina: uno puede celebrar que caiga un dictador y, al mismo tiempo, sentir escalofríos por el método. Alegría y náusea en el mismo vaso. Porque la captura de un autócrata no es automáticamente el nacimiento del Estado de derecho; a veces es solo el recordatorio brutal de que el derecho internacional, cuando estorba, se queda en papel. 

La idea central es incómoda, pero limpia: en 2026 ya no hay árbitros; hay cámaras. Y las cámaras graban cómo se reescribe la región en tiempo real.

Trump no solo presumió el operativo: abrió el menú. En entrevistas y notas posteriores se repite el guion: Estados Unidos “estará muy involucrado”, empresas estadounidenses irán a “reparar” infraestructura petrolera, y la presencia se prolongará hasta que la transición sea “adecuada”. El petróleo aparece como subtexto y como promesa. Venezuela no solo cae: se administra. 

El chavismo, por su parte, habla de resistencia; el ministro de Defensa advierte que no aceptarán tropas extranjeras y denuncia ataques. Y el mundo responde con una mezcla de condena y cálculo: desde voces que señalan la violación al derecho internacional hasta quienes, sin llorar a Maduro, piden respeto a la Carta de la ONU. 

Pero la pregunta que importa en México no es si Maduro merecía caer (sí), sino qué precedente se acaba de normalizar.

Porque mientras Venezuela ardía en titulares, Trump soltó la frase que en México se escucha como amenaza y como diagnóstico: que “algo habrá que hacer con México” porque —según él— está “gobernado por los cárteles”. Es decir: el mismo marco narrativo que justificó meses de escalada contra Caracas ahora se prueba como etiqueta exportable. 

Subráyalo: la nueva doctrina no se anuncia con doctrina; se filtra con adjetivos. “Narco-Estado”. “Cárteles gobiernan”. “Algo habrá que hacer”. Cuando una potencia coloca esa placa sobre un país, lo que sigue es un menú de “soluciones” donde la soberanía se vuelve condicional: válida sólo si produce orden y resultados.

Y aquí entra la segunda lección —la más amarga—: las dictaduras rara vez caen por manifestaciones; caen cuando las Fuerzas Armadas traicionan o negocian su lealtad. Sin ese quiebre, los regímenes se enquistan. Con ese quiebre, el país se abre… y también queda expuesto. Venezuela hoy es postal de liberación para unos, y de vulnerabilidad para otros.

México ya vive una versión cotidiana de esa vulnerabilidad: cuando el Estado no monopoliza la fuerza, alguien más lo hace. Solo que aquí no hay un “ataque de madrugada” que resuelva el rompecabezas; hay una guerra de desgaste que erosiona instituciones, economía y confianza.

La tentación fácil será polarizar: quienes aplaudan “por fin alguien hizo algo” y quienes griten “intervención imperial”. Ambas reacciones evaden lo esencial: si el sistema internacional se mueve por fuerza y no por reglas, los países medianos sobreviven con Estado funcional, diplomacia inteligente y control territorial real. No con slogans.

Y entonces, sí: hoy cayó Maduro. Pero lo que también cayó —con estruendo— fue la fantasía de que la región está blindada por principios. En América Latina, la puerta no se abre: se patea.

Cuando se rompe la regla para castigar al villano, la regla queda rota para todos.

El último en salir, apague la luz.

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