Por Ivabelle Arroyo
Me tocó vivirlo desde Guanajuato. No el operativo, claro está, sino el ruido: la avalancha de mensajes, audios reenviados, imágenes falsas alarmistas, el cierre de negocios, las calles vacías, la gente asustada.
El golpe contra uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo —o, como ha señalado el periodista Óscar Balderas, quizá el más poderoso— desató reacciones criminales en todo el país y en el mundo digital, un caos informativo. En cuestión de horas circularon toques de queda falsos, rumores de incendios en universidades y alertas sin sustento que provocaron cierre de negocios, pérdidas millonarias y episodios de histeria colectiva. En Guanajuato pude confirmar con autoridades el desarrollo de los hechos: antes de las 14:00 horas ya se habían controlado los múltiples incidentes registrados en 23 de los 46 municipios del estado (¡nada menos!) y no había ningún episodio activo ni se registró ningún otro evento. Las carreteras estuvieron siempre libres pero el efecto psicológico fue profundo: el crimen organizado activó el miedo como mecanismo de control y la burra no era arisca: la gente prefiere ser prudente y con razón. Los medios íbamos lentos y los fakers iban a la velocidad de la luz. Además, la cantidad y dispersión de los eventos mostraron algo que incomoda reconocer: los mandos del cártel están por todos lados, la penetración territorial es amplia. No es una estructura rígida que cae con un solo golpe. Es una red pero hay que decir que el descabezamiento es histórico.
Ahora bien, ¿qué sigue?
Los expertos plantean tres escenarios. El primero: fragmentación interna. Que las distintas facciones comiencen a disputarse el control. El segundo: competencia entre cárteles rivales que aprovechan la debilidad momentánea. El tercero: una sucesión ordenada, casi empresarial, donde el relevo ya estaba previsto y la estructura continúa sin sobresaltos.
De los tres, los expertos indican que el primero es el más probable. Si eso es cierto, estamos ante una paradoja. En el corto plazo, la violencia puede empeorar. Las disputas internas suelen resolverse a balazos, pero también es cierto que un cártel fragmentado es más vulnerable. Más fácil de enfrentar. Menos capaz de coordinar respuestas nacionales como las que vimos.
Hay otro elemento que no podemos ignorar: la reacción ciudadana. El pánico desatado por rumores revela una desconfianza profunda hacia las autoridades. Muchos creyeron más en cadenas de WhatsApp que en comunicados oficiales. Eso no ocurre en el vacío, es el resultado de años de información incompleta, de contradicciones, de autoridades que minimizan o maquillan.
También conviene observar algo más frío: la mayoría de los episodios no incluyeron enfrentamientos directos con fuerzas del orden. Hubo destrucción material. Incendios. Bloqueos. Es decir, se privilegió el impacto visual y psicológico sobre el combate frontal, lo que indica más estrategia que fuerza o influencia.
La pregunta inevitable es si este es un golpe de timón o el inicio de una etapa de mayor poder criminal. No lo sé y cualquiera que asegure tener la respuesta miente o especula.
Lo que sí se sabe es que, en el corto plazo, la violencia tenderá a incrementarse. Así funcionan las reorganizaciones criminales. Lo que está en juego es si el Estado aprovechará la fragmentación —si ocurre— para debilitar estructuralmente al grupo, o si veremos la recomposición de siempre.
Reconozco el golpe histórico. También reconozco la fragilidad institucional que quedó al desnudo con la dispersión criminal, pero sobre todo, con el miedo colectivo.

