MI compañera de vida planeó muy bien las actividades del domingo 12 de octubre. Empezamos en el Museo Franz Mayer en la muy hundida Plaza de la Santa Veracruz, frente a La Alameda. Hay que destacar que el museo ha hecho una gran restauración de lo que antes fue el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados (en 1604), y de la Mujer hasta 1875. Enfrente, la parroquia de la Santa Veracruz sigue chueca, cerrada y bardeada, mientras que la iglesia de San Juan de Dios, junto a la entrada del Museo, si ha sido rescatada y restaurada, con su bella portada en forma de biombo.
La exposición “Japón: del Mito al Manga” se hizo en colaboración con el Victoria & Albert Museum de Londres. Incluye más de 150 piezas con grabados tradicionales, videos, objetos modernos como los Tamagochis, Pokémon, Studio Ghibli y Sailor Moon. Lo más destacado fue una de las impresiones originales que se hicieron de La Gran Ola de Kanagawa, obra icónica del artista japonés Katsushika Hokusai, de 1831. Pero sin menospreciar la originalidad de la cultura japonesa, la exposición no nos entusiasmó mucho, porque nos pareció más bien para niños y adolescentes que saben de héroes de Manga.
De ahí nos fuimos al buen MUNAL, frente al Caballito, donde ya había ya una cola para entrar, a ver la exposición “Bajo el Signo de Saturno. La adivinación en el arte”, dedicada a las ciencias herméticas y adivinatorias. Esa si muy bonita y recomendable, con cuadros de artistas mexicanos como Rufino Tamayo (los mejores: en mi opinión Tamayo es el mejor pintor de su época), Leonora Carrington, Montenegro, André Breton, Pedro Friedeberg, una de Remedios Varo, muy buenas fotos del archivo Casasola con sesiones espiritistas, y explicaciones detalladas sobre la lectura de las rayas de las manos y la interpretación del Tarot.
Comida en el Barrio Chino. Volvimos a comer en el “Cuatro Mares“ en la calle de Dolores, donde pudimos sentarnos en la ventana para ver pasar a la concurrencia: principalmente familias con chamacos, parejas jóvenes, y algunos turistas, muchos de ellos comiendo unos panes al vapor adornados con colores artificiales, que venden en puestos de la misma calle. No nos animamos a probar uno.
Wikipedia explica que el barrio se originó con la apertura del restaurante Shanghai en los años cuarenta, ya desaparecido, y que desde 2006 la calle de Dolores fue rehabilitada, vuelta peatonal, mejorando su alumbrado público, banquetas y decorados. Se colocaron tres arcos orientales, cada uno con su nombre: La Pagoda, El Paifang y la Puerta Luna. Las tiendas de artículos importados son llamativas y coloridas, con toda clase de artefactos y adornos (desde perfumes hasta herramientas), aunque uno no sabe qué comprar.
De la calle de Dolores nos fuimos al Eje Central, que ese si estaba hasta el gorrito de gente. Se ha convertido en un mercado abierto que combina las tiendas de electrónicos y tecnológicos con las callejeras. Cuando llegamos a la esquina de Eje Central y Madero, quedamos impresionados de la amplitud y la densidad de la multitud que la llenaba. Parecía que no íbamos a poder cruzar. La calle peatonal de Madero parecía una peregrinación.
Elektra de Richard Strauss. Finalmente llegamos antes de las cinco de la tarde a Bellas Artes para ver la revolucionaria “Elektra”, con libreto en alemán de Hugo von Hofmannsthal. Fue dirigida por Stefan Lano, en el marco de la 53 edición del Festival Internacional Cervantino. Las dos sopranos fueron Catherine Hunold y Diana Lamar. Teatro casi lleno.
Es una ópera complicada, muy difícil de comprender si uno no es músico o experto en ópera. Por fortuna, Gerardo Kleinburg tiene en You Tube una excelente charla introductoria a Electra. Ahí la califica de “un ejercicio psicoanalítico musical”, “una bomba en su tiempo”, “monstruosa”, “una aberración”, “un salto en el tiempo”, una historia que sucede no en el teatro griego, sino en el inconsciente de los personajes. Ya la ópera Salomé había roto con el pasado musical y además contenía una sexualidad explícita. El conferencista explica, atinadamente, que Strauss es uno de los primeros compositores que empieza a abandonar la tonalidad.
Había nada menos que con cien músicos en el foso—apenas cabían, los pobres. Consideró Kleinburg que esas dos óperas están vinculadas el expresionismo alemán. Un gran artista que retrató su complicado tiempo. Murió en 1949.
Finalmente, hay que hacer constar una verdadera excepción: no llovió por primera vez como en seis meses.






