Desde hace cuatro años hemos insistido en que lo de Ucrania debía pensarse con calma, con perspectiva, con mucha empatía y, al mismo tiempo, con un análisis anclado en la realidad del terreno. El conflicto armado más violento desde la Segunda Guerra Mundial, por supuesto, debe monitorearse a diario, pero los aprendizajes y las conclusiones sobre victoria y derrota, o sobre las múltiples transformaciones que estamos observando, exigen mesura. Una guerra prolongada es profundamente fluida y atraviesa innumerables etapas, capaces de desplazar nuestros cálculos en múltiples direcciones. Por ahora, comparto apenas cinco reflexiones al respecto, a doce años de la primera invasión rusa y la anexión de Crimea, y a cuatro años de la invasión frontal rusa sobre otros tres frentes en Ucrania.

Primera: La guerra es fluida y atraviesa múltiples fases y momentos, y esa sucesión de movimientos tiene impactos narrativos considerables. Retomo aquí las distintas fases porque me parece importante no perderle el hilo al conflicto. La primera fue la ofensiva relámpago rusa de febrero de 2022, lanzada desde tres frentes con el objetivo de tomar rápidamente el control de la infraestructura militar y política de Ucrania. Ese intento fracasó y dio paso a una segunda fase: el repliegue ruso de la zona de Kiev y su concentración en el este y el sur, donde Moscú logró algunas ofensivas relativamente exitosas. La tercera fase, en el otoño de 2022, estuvo marcada por contraofensivas ucranianas que permitieron recuperar parte del territorio ocupado por Rusia, particularmente en el noreste y en el sur. La cuarta fase, durante el invierno de 2022-2023, consistió en el reposicionamiento ruso de sus líneas defensivas, el envío de decenas de miles de tropas, la excavación de trincheras, la construcción de fortificaciones y una apuesta clara por el desgaste invernal, mientras continuaban los bombardeos contra infraestructura civil y energética ucraniana. La quinta fase llegó con la primavera de 2023 e incluyó ofensivas y contraofensivas de ambos bandos, en especial la contraofensiva ucraniana iniciada en junio de ese año, cargada de altas expectativas en Kiev y en Occidente, pero que hacia el otoño e invierno no logró cumplirlas. La sexta fase transcurrió de manera relativamente silenciosa y con poca atención internacional: entre el final del invierno de 2023-2024 y aproximadamente agosto de 2024, Rusia consiguió avances modestos pero relevantes, en un contexto marcado por el desgaste ucraniano y la creciente disparidad de fuerzas tras más de dos años de guerra. La séptima fase comenzó el 6 de agosto de 2024, cuando Ucrania lanzó un ataque terrestre inesperado en la región rusa de Kursk; pese al impacto inicial y a la atención que generó, esa ofensiva no alcanzó los objetivos estratégicos de Kiev y terminó con la retirada ucraniana.

Con la llegada de Trump a la presidencia en enero de 2025 se abrió una nueva fase, la octava, definida por un intenso activismo diplomático que, sin modificar sustancialmente la dinámica militar sobre el terreno, sí reconfiguró el entorno político de la guerra. Washington adelantó concesiones clave a Moscú (territorio y el no acceso ucraniano a la OTAN) y ejerció una fuerte presión sobre Zelensky para aceptarlas, incluyendo la suspensión temporal de ayuda militar y de inteligencia, lo que llevó a Kiev a mostrarse dispuesto a un cese al fuego apenas provisional.

Europa, consciente del riesgo de una victoria rusa, intentó compensar ese vacío, pero se topó con límites logísticos estructurales. Putin interpretó este escenario como favorable: un Trump apurado, una Ucrania bajo presión extrema y una Europa marginal. Ello lo llevó a endurecer su postura, rechazar un alto al fuego parcial y exigir un acuerdo integral que incorporara sus demandas de fondo sobre Ucrania y sobre la OTAN. El estancamiento resultante, sumado a la “operación telaraña” ucraniana —que golpeó bases aéreas rusas y alteró brevemente la narrativa— derivó en una escalada aérea masiva de Rusia contra ciudades ucranianas, mientras mantenía su ofensiva en el este.

Posteriormente, ya en lo que podríamos llamar la novena fase de la guerra, Trump ha mostrado giros y vaivenes entre la presión sobre Ucrania y la presión sobre Rusia, sin que hasta ahora se haya logrado detener las hostilidades, mientras Moscú obtiene avances muy marginales.

Todo ello refleja, al mismo tiempo, el relativo estancamiento del conflicto y la insuficiencia de la presión actual para modificar el cálculo en las partes en torno a la racionalidad de seguir adelante con las hostilidades.

Segunda: Las transformaciones en tácticas y armamento son centrales para entender esta guerra. Un conflicto prolongado de esta naturaleza no tiene precedentes en la era tecnológica actual. La incorporación de herramientas de inteligencia artificial al combate se combina con avances acelerados en drones y, al mismo tiempo, con tácticas añejas como el uso de trincheras, minas y el empleo masivo de municiones y tropas para avanzar apenas unos metros. Lo que puede afirmarse, a cuatro años, es que: (a) todo ese ecosistema táctico y tecnológico ha evolucionado de manera notable; (b) el ejército ucraniano ha desplegado capacidades inesperadas para emplear, adaptar y desarrollar estos instrumentos a su favor, como vía para resistir a un adversario numéricamente superior; y (c) el ejército ruso, por su parte, también ha mostrado avances significativos y una alta capacidad de adaptación a las nuevas condiciones que marcan el día a día del conflicto.

Tercera: La definición misma de victoria es igualmente fluida. Para Ucrania, en las primeras fases de la guerra la meta central era simplemente sobrevivir como estado soberano. Conforme el conflicto evolucionó, esa definición se desplazó hacia la recuperación del territorio ocupado por Rusia, algo que tras las ofensivas de 2022 parecía viable. Hoy, después de cuatro años de desgaste, la noción de victoria ucraniana parece estar anclada en conservar su viabilidad como estado nacional, manteniendo la integridad de su territorio al menos en términos jurídicos y de reconocimiento internacional, aunque ya no necesariamente en el control material del mismo, pero eso sí, asegurando mediante garantías sólidas, que Moscú no le atacará de nuevo.

El caso ruso, en cambio, amerita una lectura distinta. Si se toman como referencia los objetivos iniciales de Moscú —tomar el control de la infraestructura política y militar ucraniana y garantizar la no expansión, e incluso el repliegue de la OTAN en su entorno de seguridad, podría afirmarse que, por ahora, Rusia ha fracasado. Sin embargo, si se observa la manera en que sus metas han ido evolucionando, resulta más pertinente señalar que, más allá de las tácticas de combate, la estrategia central de Rusia hoy pasa por fragmentar, desgastar y asfixiar tanto a Ucrania como a las sociedades occidentales que la respaldan. En ese sentido, una eventual victoria rusa no se mediría en kilómetros cuadrados adicionales de territorio ucraniano, sino en haber debilitado lo suficiente a Kiev y a Occidente como para forzarlos a ceder en aspectos que para Putin siguen siendo fundamentales: la renuncia de Ucrania a la OTAN, la ausencia de fuerzas de esa alianza en su territorio y la delimitación de líneas claras que permitan a Rusia conservar una órbita geográfica de seguridad definida desde Moscú. La evaluación de la victoria o derrota rusa en 2026, por tanto, debe hacerse con parámetros como estos, y no con los de 2022; de lo contrario, resultaría difícil explicar qué sigue motivando a Putin a sostener una guerra de costos tan elevados para Rusia.

Cuarta: La reflexión desde Europa y los dos despertares. El primer despertar, según coinciden numerosos actores europeos en foros, textos y discursos, llegó apenas en 2022 hasta que la primera intervención rusa sobre Ucrania se transformó en invasión frontal y a gran escala. Desde la visión de esos actores, Europa vivió durante décadas bajo la premisa de que era posible integrar a Moscú al comercio y a los mecanismos de concertación diplomática como el G8, y no advirtió a tiempo, ni siquiera tras la anexión de Crimea en 2014, que Rusia tenía otros planes y que, llegado el momento, solo podría ser contenida mediante fuerza y disuasión directa.

El segundo despertar está ocurriendo ahora y tiene nombre propio: Donald Trump. El cuestionamiento explícito de la alianza trasatlántica ha llevado en estos mismos días a líderes europeos como Macron, Merz, Von der Leyen o Starmer a declarar que Europa no solo necesita avanzar hacia la autosuficiencia militar, sino convertirse en un verdadero actor geopolítico, acorde con el peso económico que representa la Unión. Esto implica no solo aumentar de manera sostenida los presupuestos de defensa, sino integrar de forma estratégica la investigación en ciencia y tecnología, así como asegurar cadenas de abasto y capacidades industriales coherentes con la proyección geopolítica a la que Europa aspira tras estos dos despertares.

Quinta: El orden internacional. A escala global, lo que debe evaluarse es que la crisis del orden internacional basado en instituciones y normas no emerge en 2025 o 2026, sino que es el resultado de un proceso de largo aliento. Se trata de una erosión acumulada, producto de la conducta de múltiples actores, incluidas las tres superpotencias, pero no solo limitado a esos actores, cuyas decisiones y acciones llevan años contribuyendo al debilitamiento de ese sistema. Lo que ocurre en torno a Ucrania desde 2014 en adelante refleja dinámicas más amplias: carreras armamentistas y tecnológicas, competencia y choque por los recursos que las alimentan, despliegues militares como no se veían desde hace décadas y conflictos armados abiertos. Pero, sobre todo, expresa la creciente convicción de que el entramado institucional internacional ya no es suficiente para garantizar la seguridad de los estados, lo que ha llevado a muchos de ellos a retarlo y a contribuir activamente, y cada vez con mayor frecuencia, a su quiebre.

Es precisamente en este último punto donde se concentran las lecciones más relevantes. Ahí es donde más urge actuar de cara a los años que vienen y solo si lo hacemos, probablemente esa será la enseñanza más profunda que la guerra en Ucrania terminará dejando al sistema internacional.

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